300 MILLONES EN EFECTIVO: HARFUCH RED DE DAVID COHEN

La noche del 15 de octubre, la Ciudad de México fue devorada por un silencio extraño. No hubo sirenas, ni alarmas. Solo el resplandor verde de una caravana blindada que avanzaba sin ruido por la avenida Reforma.

Al frente iba Omar García Harfuch, el hombre que muchos llaman “la mano de hierro de la justicia mexicana”.

Sabía que aquella operación no era una redada más: era el inicio de una cruzada para exponer uno de los entramados financieros más

complejos y corruptos de los últimos años —el Imperio de David Cohen.

Todo comenzó con un sobre sin remitente. Una mañana de principios de octubre, en la sede de inteligencia nacional, un funcionario recibió un paquete sellado con una sola palabra escrita a mano: “Urgente”. Sin sello postal, sin dirección.

Dentro había algo que cambiaría el curso de la historia reciente de México: copias de transferencias bancarias internacionales, listas de empresas fantasma en Panamá, Belice y varios estados del norte, y facturas falsas selladas con precisión quirúrgica.

Todas conducían al mismo nombre: Cohen Group Holdings, un conglomerado financiero conocido hasta entonces por su “transparencia y visión global”.

Cuando los analistas comenzaron a cruzar los datos, descubrieron un sistema cerrado, casi perfecto: una empresa en Guadalajara contrataba servicios con una consultora suiza; esa consultora transfería fondos a un supuesto proyecto ecológico en Tulum; y, en cuestión de segundos, el dinero desaparecía del mapa bancario internacional.

Todo parecía legal sobre el papel, pero en realidad era una maquinaria de lavado de dinero impecable.

El informante detrás de aquel sobre resultó ser el ex contador jefe de Cohen, un hombre que durante más de una década firmó informes financieros, manipuló auditorías y diseñó contratos ficticios. Había visto demasiado.

Cuando su familia fue amenazada, rompió el pacto de silencio. A cambio de protección total, entregó un disco duro con la estructura completa del sistema: contratos internos, correos cifrados, facturas falsificadas y fotografías de reuniones secretas entre Cohen y operadores financieros vinculados al crimen organizado.

Tres días después, Harfuch autorizó la Operación Sombra de Acero, una intervención nacional de alto riesgo. Sesenta agentes de élite, apoyados por la unidad de delitos financieros, se movilizaron bajo su mando.

El asalto comenzó a las 3:40 de la madrugada, hora en la que todos los sistemas de seguridad civil estaban en modo pasivo. Por radio, la orden fue breve: “Entren.”

La puerta principal de la mansión en Lomas Chapultepec cayó en segundos, revelando un espectáculo de opulencia: mármol italiano, lámparas de cristal, obras de arte originales. Todo dispuesto con una perfección casi teatral.

Pero uno de los agentes escuchó algo que los demás no notaron: un eco hueco detrás de una pared pintada impecablemente.

Harfuch ordenó inspeccionar. La pared cedió, revelando un pasillo estrecho, protegido con un sistema biométrico de retina y huellas dactilares. Tras descifrar los códigos, la puerta metálica se abrió.

Del interior emanó un aire seco y frío. A la luz de las linternas aparecieron 47 maletines metálicos, apilados con precisión simétrica, sellados con bandas bancarias europeas.

Dentro: dólares, euros y francos suizos, todos empaquetados con cintas del Deutsche Bank y BNP Paribas.

Pero lo más valioso no era el dinero. Eran los discos duros y memorias USB selladas con etiquetas rojas. En ellos se encontraron registros de triangulación entre bancos en México, Panamá y Suiza; inversiones ficticias; y proyectos inmobiliarios creados para blanquear capitales.

Entre los nombres mencionados aparecían empresarios, funcionarios y figuras del entretenimiento. Cohen no actuaba solo: era la cara visible de un engranaje mucho más profundo, protegido por contactos en instituciones públicas y privadas.

Paradójicamente, el colapso del sistema no se debió a la tecnología, sino a un error humano. Uno de los operadores financieros, acosado por deudas personales, cometió un fallo mínimo al escribir un código Swift.

Ese error activó una alerta internacional y permitió rastrear toda la cadena de transacciones. La traición del ex contador fue el golpe final: el fin del “pacto sagrado del silencio”.

Cuando los agentes irrumpieron en su oficina, David Cohen no se resistió. Estaba sentado, con un traje gris impecable, una copa de vino en la mano. “Solo soy un hombre de negocios”, dijo, con voz tranquila. Una frase que ya se considera su última gran mentira.

En la mansión se incautaron relojes de colección, lingotes de oro, cuadros de Miró y Picasso sin declarar, y una fortuna en efectivo que superaba los 300 millones de dólares. Fue descrita por la fiscalía como “la mayor incautación de dinero en efectivo de la historia reciente de México”.

Al ser escoltado fuera de la residencia, un agente le preguntó:
¿Cuántas vidas valía tu fortuna?
Cohen no respondió. Agachó la cabeza. La imagen, captada por las cámaras de seguridad, se difundió por todo el país. México vio reflejado en ese silencio su propia fatiga ante una corrupción que viste de traje y sonríe ante las cámaras.

Al amanecer, en una conferencia breve, Omar García Harfuch declaró:
La justicia no se compra. Pero hay que defenderla con hechos.

Detrás de él, los maletines metálicos apilados formaban una línea de acero: la evidencia tangible de un sistema que durante años operó impune, bajo la sombra del lujo y la influencia.

Aunque el arresto de David Cohen fue celebrado como una victoria, los analistas advierten que solo se ha tocado la punta del iceberg.

Los datos cifrados aún están siendo analizados, y varios nombres poderosos han comenzado a desaparecer del ojo público. Algunos negocios vinculados a Cohen han cerrado discretamente en Europa y el Caribe.

Para Harfuch, esta batalla está lejos de terminar. Él sabe que el “Imperio Cohen” no era más que una pieza dentro de un mecanismo más vasto, donde los criminales se esconden detrás de la respetabilidad.

Pero aquella noche del 15 de octubre, una puerta fue derribada. Y la luz —aunque tenue— logró penetrar en el corazón del poder oscuro de México.

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