¡HARFUCH CAZA AL “SEÑOR DE LOS CABALLOS” EN CHIAPAS: NARCOBLOQUES Y CAPTURAS EN OPERATIVO BRUTAL!

Aquella madrugada, el cielo de Chiapas rugía bajo las aspas de los helicópteros Black Hawk y 407. El estruendo de los motores se mezclaba con el humo de los incendios: no era una película, sino el inicio de una de las operaciones más contundentes del gobierno federal, dirigida por Omar García Harfuch, jefe de seguridad de la Ciudad de México.

Su objetivo era claro: Juan Manuel Valdovinos Mendoza, conocido como “El Señor de los Caballos”, un capo temido del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), considerado el dominador absoluto del sur mexicano.

Valdovinos, antaño un criador y corredor de caballos, se transformó en el amo de Cintalapa y Jiquipilas, donde mezclaba establos, armas y sicarios en un mismo imperio.

En una de sus propiedades, los agentes hallaron un letrero de madera colgado en la pared que rezaba: “Aquí manda el señor de los caballos.” Esa frase, mitad orgullo y mitad advertencia, resumía el reino de terror que había instaurado.

La operación, planificada durante semanas con apoyo de fuerzas federales, helicópteros y unidades tácticas, buscaba irrumpir simultáneamente en 14 puntos estratégicos: ranchos, talleres mecánicos camuflados, bodegas y casas con túneles.

Sin embargo, algo salió mal. La información se filtró. Y en cuestión de horas, Chiapas se convirtió en una zona de guerra.

Las células del Cártel de Chiapas y Guatemala (CIG) —una rama subordinada del CJNG— respondieron con furia: bloquearon carreteras, incendiaron camiones, lanzaron ponchallantas y atacaron convoyes de seguridad.

En un cuaderno encontrado durante los cateos, se leía una frase escrita con rabia: “Si cae el patrón, quemen todo.” Era la orden del caos.

A las 4:30 de la mañana, los primeros vehículos ardieron sobre la autopista Ocozocuautla–Arriaga. En pocas horas, más de 14 unidades —camiones de carga, refrigerados y tráileres— fueron incendiadas. Las escuelas cerraron, los comercios bajaron sus cortinas, y los pobladores se refugiaron en sus casas.

Los videos que inundaron las redes mostraban motociclistas arrojando clavos desde camionetas blindadas, mientras los helicópteros federales sobrevolaban el humo. “Parecía una guerra”, relató una mujer de Villaflores.

Pese al caos, la operación no se detuvo. Tres sospechosos —dos hombres y una mujer— fueron detenidos en Cintalapa.

Se les incautaron fusiles, radios tácticos, vehículos robados y un teléfono con GPS activo. En otro punto, un hombre capturado llevaba una credencial con el logotipo del CIG, mientras la mujer intentaba escapar enviando mensajes a un contacto guardado como “Patrón CJ”.

El punto de inflexión llegó en La Concordia, cuando un grupo de agentes halló un centro de mando clandestino oculto bajo una finca abandonada.

Dentro había computadoras portátiles, radios codificados y, sobre todo, un mapa detallado de Chiapas con líneas que se extendían hacia Guatemala, Oaxaca y Veracruz. En la parte superior, se leía: “Operación fase 2 SNG-CIG zona de fusión.”

Aquello confirmaba lo que se temía: el CIG no actuaba solo. Formaba parte de una red coordinada del CJNG, que buscaba consolidar un corredor internacional de narcotráfico en el sur.

Ante la magnitud del hallazgo, Harfuch ordenó un cambio inmediato de estrategia. Desde el centro de mando en Ciudad de México dio la instrucción: “Ya no se trata de capturar, sino de contener por completo.”

Se declaró un cerco total, cerrando rutas rurales y reforzando la vigilancia aérea. En las comunicaciones interceptadas del cártel se escuchaban advertencias alarmantes: “Si toman la trinchera, activamos la frontera. Los del norte ya dieron luz verde.”

La operación escaló a nivel nacional. El gobierno federal convocó a una reunión de emergencia entre Seguridad Pública, Aduanas y la Guardia Nacional. “Estamos ante un corredor internacional del crimen”, advirtió Harfuch. “Si no lo cerramos hoy, mañana el sur será su refugio.”

Tras cuatro días de fuego y sangre, el operativo dejó más de veinte cateos, catorce vehículos calcinados y decenas de detenidos. Pero “El Señor de los Caballos” sigue prófugo. En los montes de Cintalapa, su sombra aún impone silencio.

En conferencia posterior, Harfuch fue tajante: “Lo ocurrido en Chiapas no es un mensaje del narco. Es una provocación directa. Y la respuesta del Estado será igual de directa.”

Sus palabras resonaron como una declaración de guerra. Muchos creen que esta podría ser la batalla más decisiva entre el Estado mexicano y el CJNG en el sur del país, donde las líneas entre el poder legal y el poder criminal se desdibujan cada vez más.

Hoy, en la memoria colectiva de Chiapas, “El Señor de los Caballos” ya no es solo un fugitivo. Es el símbolo del miedo.

El hombre que convirtió una tierra de pastos y establos en territorio en llamas. Y la pregunta persiste, como un eco entre montañas: ¿logrará Harfuch cazar al fantasma que cabalga sobre el sur de México, o esta es solo la primera batalla de una guerra que aún no ha comenzado?

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