El TESTIMONIO CLAVE: Un camionero revela lo que vio de Debanhi Escobar en ALCOSA.

En las noches silenciosas de México, existen historias que solo sobreviven en la memoria de quienes fueron marcados por el miedo. Ese hombre —un conductor anónimo de tráiler, conocido en el relato de Simona como “El Testigo del Asfalto”— guardó silencio durante más de dos años.

Cuando decidió hablar, todo el país volvió a mirar hacia el abismo que se tragó a Debanhi Escobar, la joven universitaria cuyo nombre se convirtió en símbolo del horror.

La vi correr… y vi a tres hombres cazándola.
Una frase breve, pero tan cortante como un cuchillo. Esas palabras podrían reescribir la historia de uno de los casos más perturbadores de la última década: el de una joven de 18 años que desapareció y fue hallada muerta junto al Motel Nueva Castilla en abril de 2022.

Simona, la narradora que transmitió este testimonio en un video viral, no se limita a contar: reconstruye. Su voz advierte desde el principio: “Esta no es una historia justa, ni cómoda. Es una cadena de causas y consecuencias que lleva al peor desenlace.”

Ella asegura hablar “por los ojos de otro”, los ojos de quien presenció algo que nadie debería haber visto.

La escena se sitúa a las cuatro de la mañana, lo que en el norte de México se conoce como “la hora muerta”: ese instante en que la noche ya no es noche, pero el día todavía no se atreve a llegar.

La carretera de Laredo se estira como una serpiente negra entre los campos, tragándose las luces amarillas de los postes.

Dentro de la cabina del tráiler, el aire huele a plástico caliente, a café recalentado y a polvo de asfalto. El conductor, exhausto, lucha por mantener los ojos abiertos. Hasta que una sombra se mueve.

“Al principio pensé que era un perro, o una bolsa arrastrada por el viento. Pero no. Era una mujer”, recuerda el testigo.

La joven vestía una blusa clara, falda corta y tenis blancos —ropa de fiesta, no de carretera. Pero lo que más le impresionó no fue su aspecto, sino la forma en que corría. No buscaba ayuda. No miraba atrás. Corría en línea recta, como si cada segundo fuera una batalla por la vida.

Cuando el conductor miró por el espejo lateral, vio algo que lo heló: dos, tal vez tres figuras la seguían. No gritaban, no se agitaban, solo corrían con un trote rítmico, calculado, profesional. “Ella huía; ellos cazaban”, dijo. “Y yo era el único que lo veía.”

El hombre tuvo que decidir en cuestión de segundos. No podía frenar un tráiler de cuarenta toneladas. Si tocaba la bocina, tal vez la asustaría o alertaría a los perseguidores. Solo pudo hacer una cosa: mirar y recordar. “Convertí mis ojos en una cámara”, confesó.

A lo lejos, en la oscuridad, el cartel de MOTEL NUEVA CASTILLA parpadeaba en rojo y blanco, como un faro moribundo. La muchacha corrió hacia él, exhalando los últimos restos de energía. Los hombres detrás aumentaron el paso.

“La distancia entre ellos no era más de veinte metros. Yo los conté. Cada zancada, cada respiración”, dice el camionero.

La joven alcanzó el arco de piedra del motel y golpeó la puerta con el hombro. Desde atrás se escuchó un grito:

“¡Ey, párate! ¡No te metas ahí!”

Pero no se detuvo. La puerta cedió, y ella cayó dentro, desapareciendo en la penumbra del vestíbulo. El primero de los hombres llegó un segundo tarde, golpeó el marco con furia y se quedó mirando hacia adentro. Los otros dos lo alcanzaron. Los tres respiraban agitados, iluminados por el neón titilante, pero ninguno cruzó el umbral.

“Creo que se encendió una luz dentro. O tal vez entendieron que, si cruzaban esa puerta, el juego cambiaba”, relató el testigo.

El tráiler siguió avanzando, devorando kilómetros. En el retrovisor, los tres hombres y el letrero del motel se hicieron cada vez más pequeños hasta desaparecer. El conductor pensó que la joven estaba a salvo… al menos de ellos.

Pero, como concluye Simona:

“La cacería afuera terminó. Pero un misterio mucho más oscuro comenzaba dentro de los pasillos del Nueva Castilla.”

El testimonio se difundió con velocidad vertiginosa, generando debate, indignación y miedo. Algunos lo consideran la pieza que faltaba en el rompecabezas; otros, una ficción o manipulación mediática.

Las autoridades de Nuevo León aún no han confirmado la identidad del testigo ni la veracidad de su relato.

Sin embargo, en un país donde la desconfianza hacia las instituciones es profunda, cada palabra suena como una promesa de verdad.

El caso de Debanhi Escobar trascendió las fronteras mexicanas y se convirtió en símbolo de la crisis de desapariciones: más de 100.000 personas siguen sin ser localizadas en todo el país.

Las marchas de madres, los retratos pegados en postes, las velas encendidas frente a edificios oficiales son parte del paisaje cotidiano.

Y aun así, la historia de Debanhi sigue ardiendo. Si lo que el camionero vio aquella madrugada fue real, entonces no solo hubo cazadores en la carretera, sino también un sistema entero que sigue cazando la verdad.

Una joven empujada hacia la oscuridad. Un testigo impotente que no pudo detener el horror. Y un país entero preguntándose todavía:

¿Qué había realmente detrás de la puerta del Motel Nueva Castilla?

Dos años después, cada vez que un conductor atraviesa ese tramo de la carretera de Laredo en la hora muerta, dice que el cartel del motel aún parpadea, enviando un destello rojo en la noche.
Como si alguien, desde el otro lado, siguiera intentando contar lo que ocurrió.

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