Las MACABRAS CONFESIONES de las mujeres que tienen orden de captura por caso de Jaime.

Bajo las luces intermitentes de Halloween, entre el estruendo de la música electrónica y el olor del alcohol flotando en el aire, un joven cayó en una calle de Chapinero, Bogotá.

Su nombre era Jaime Esteban Moreno, un muchacho reservado, serio y aplicado, que nunca había tenido problemas con nadie.

Su muerte, que a primera vista parecía una simple riña de bar, se convirtió en el espejo más oscuro de una sociedad que ha confundido la violencia con la defensa propia y el orgullo con la dignidad.

Esa noche, Jaime no buscó problemas. Solo entró en un lugar de fiesta, donde la luz y la alegría se mezclaban con la euforia. Pero un roce mínimo, una mirada, tal vez una palabra mal entendida, encendió una chispa imposible de apagar.

Minutos después, el estudiante estaba en el suelo, y dos mujeres —Clay Mar Fernández Sulvarán y Berta Parra Torres— se encontraban en el centro de uno de los casos más inquietantes del año en Colombia.

Nadie sabe con certeza qué ocurrió en ese instante, pero todos coinciden en algo: el silencio fue cómplice.

Berta Parra Torres, de 30 años, nacida en Popayán, tiene el rostro sereno y la mirada esquiva de quien esconde más de lo que dice.

En una declaración aseguró ser una simple empleada administrativa con estudios de bachillerato; en otra, se presentó como economista y analista de una empresa privada.

Las autoridades descubrieron que figuraba como beneficiaria de un programa de asistencia social, recibiendo 480.000 pesos mensuales, lo que puso en duda la veracidad de todo su testimonio.

Hay mentiras que nacen del miedo, y en Berta el miedo parece respirarse entre líneas: decir lo justo para salvarse, sin delatarse del todo.

Clay Mar Fernández Sulvarán, en cambio, fue vista conversando con Jaime dentro del Bar Before Club. Los testigos recuerdan apenas un intercambio breve, pero algo —una palabra, un gesto, un tono— cambió el ambiente.

Nadie recuerda la frase exacta. Solo que, poco después, la música se apagó bajo los gritos y los golpes, y un estudiante indefenso fue atacado por una multitud enloquecida.

De un instante trivial nació una tragedia absurda.
Y en medio del caos, dos mujeres quedaron atrapadas en la línea difusa entre testigo y cómplice.

Los documentos judiciales son claros: “Parra y Fernández estuvieron presentes, pero no intervinieron durante la agresión. Ambas abandonaron el lugar sin pedir ayuda médica.”
Su silencio —fuera por miedo o por culpa— se volvió parte del crimen.

Tras el suceso, las dos cerraron sus redes sociales, desaparecieron de la vida pública y cortaron contacto incluso con sus allegados.

La prensa comenzó a llamarlas “las sombras de Halloween”: un apodo cargado de miedo y condena.

Sin embargo, la historia no es tan simple.
Nuevas pruebas de video obtenidas por los investigadores muestran la presencia de un tercer grupo de personas que habría intervenido después del supuesto roce entre Jaime y Clay Mar.

En las imágenes se observa cómo varios jóvenes se acercan, discuten y luego atacan.
“Bastaba que alguien se metiera, que los separara o gritara ‘¡basta!’… y Jaime seguiría vivo”, dijo un investigador con resignación.
Pero nadie lo hizo.

La psicología lo llama efecto espectador, esa reacción en que la responsabilidad se disuelve entre la multitud.
Pero en el caso de Jaime Esteban Moreno, fue algo peor: una culpa colectiva, disfrazada de indiferencia.

Lo más perturbador de este crimen es que no nació del odio, sino de un instante de pérdida de control.
Una mirada malinterpretada, una palabra fuera de lugar, una sociedad entera que ha confundido la agresión con la fuerza y el respeto con el miedo.

En ese contexto, pedir disculpas parece debilidad, y responder con violencia se vuelve “justicia”.

Hoy, Juan Carlos Suárez Ortiz, principal detenido por el caso, asegura que “solo intentó separar” la pelea.
Pero las pruebas —videos, geolocalización, testimonios— lo contradicen: fue él quien dio el primer golpe.

Y sobre las dos mujeres, el misterio continúa:
¿Fueron las que alentaron la pelea, o simplemente las que miraron sin atreverse a intervenir?

Nadie lo sabe.
Ellas no hablan.
Y su silencio retumba más fuerte que cualquier grito.

Por eso la nueva orden de captura no es una sentencia, sino un llamado a la verdad.
A recordar que la justicia no termina con el agresor, sino que alcanza también a quienes callan ante el crimen.

Esa noche, Jaime no murió por un arma. Murió por la indiferencia de los que miraron sin hacer nada.
Por la cobardía de quienes creyeron que el silencio los haría inocentes.
Pero el silencio —a veces— es la forma más pura de la culpabilidad.

El caso de Jaime Esteban Moreno trasciende los tribunales.
Es un retrato brutal de una sociedad que ha perdido el control, donde el ruido y el alcohol ahogan la razón, donde el silencio es cómplice y donde, tristemente, el mal ya no viene de los extraños, sino de quienes están a nuestro lado, bailando en la misma fiesta.

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