LA MU3RT3 DEL ALCALDE CARLOS ALBERTO MANZO

No fue solo un asesinato. La muerte del alcalde Carlos Alberto Manzo Rodríguez se ha convertido en un terremoto político

y moral que sacude los cimientos de México, revelando las sombras del poder, del miedo y del coraje en un país demasiado acostumbrado al sonido de las balas. Pero este caso es distinto. No solo mataron a un hombre; asesinaron una esperanza.

La noche del 1 de noviembre de 2025, durante el tradicional Festival de las Velas en Uruapan, Michoacán, las calles se iluminaban con cempasúchiles, velas y niños disfrazados celebrando el Día de Muertos.

La música sonaba, el aire olía a copal, y de pronto, una ráfaga de disparos rompió la magia. En segundos, el festejo se transformó en caos.

Entre gritos y humo, el hombre que simbolizaba el cambio cayó abatido. Seis disparos bastaron para silenciar a quien se había atrevido a enfrentarse al narco, a la corrupción y al miedo que paraliza a tantos políticos mexicanos.

Carlos Manzo no era un político común. De familia de clase media, abogado de profesión, había ganado fama como un hombre frontal, incorruptible y dispuesto a desafiar al sistema.

Durante su campaña por la alcaldía de Uruapan, pronunció una frase que hoy resuena como presagio: “No temo a nadie, solo temo no tener suficiente tiempo para hacer lo correcto por mi gente.”

En los meses previos a su muerte, Manzo denunció abiertamente la infiltración del crimen organizado en los gobiernos locales, señalando directamente a miembros de las fuerzas de seguridad y funcionarios estatales vinculados al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

Exigió más protección para su municipio y advirtió sobre la presencia de “mercenarios extranjeros con armas de guerra”.

El ministro federal de Seguridad, Omar García Harfuch, reconoció después del atentado que Manzo “formaba parte del programa de protección a funcionarios amenazados desde 2024”, pero agregó que “el ataque ocurrió en un evento multitudinario imposible de prever”.

La declaración provocó indignación. Si ni siquiera un alcalde escoltado podía ser protegido, ¿quién está realmente a salvo en México?

El funeral de Manzo se transformó en un clamor ciudadano. Miles de personas acompañaron el féretro cubierto por la bandera mexicana.

En las pancartas se leía: “¡Uruapan no se calla!” Una anciana lloraba frente a las velas: “Él hizo lo que todos temían hacer. Ahora nosotros debemos tener su valor para seguir.”

Su esposa, Grecia Quiroz García, entre lágrimas, pronunció un discurso que estremeció a la multitud: “Carlos no murió. Solo mataron su cuerpo.

Su espíritu y su amor por este pueblo vivirán en cada uno de nosotros.” Hoy, ella es considerada la figura que podría sucederlo en el cargo.

Pero detrás del dolor, emergen sombras y sospechas. Las teorías sobre el asesinato se multiplican:

  • Primera teoría: una ejecución ordenada por el CJNG, como castigo a un alcalde que se atrevió a romper pactos de silencio.
  • Segunda teoría: un golpe político para eliminar a un líder que incomodaba a muchos dentro y fuera del estado.
  • Tercera teoría: la traición desde adentro —una parte de su equipo de seguridad habría sido “comprada” para dejarlo expuesto en el evento.

El diario El País citó fuentes del Ministerio del Interior según las cuales uno de los detenidos confesó que fue “contratado” pero no conocía quién dio la orden.

El arma utilizada, una pistola Glock 9 mm, es la misma que aparece en múltiples atentados ligados al CJNG, pero su origen sigue sin esclarecerse.

Mientras tanto, las redes sociales se incendiaron. Millones compartieron los últimos videos de Manzo sonriendo entre los niños, minutos antes del ataque. Los comentarios se repiten: “Mataron al único que decía la verdad.”

Lo más inquietante, sin embargo, ha sido el silencio posterior. Algunos testigos cambiaron su versión; otros desaparecieron. Videos fueron eliminados de plataformas. Medios locales informaron que la familia de Manzo recibió amenazas para no hablar.

Circulan versiones sobre una carta que él habría enviado a un periodista de Morelia pocos días antes de morir, donde aseguraba tener pruebas de una red de lavado de dinero y tráfico de armas en Uruapan. Esa carta jamás ha sido publicada.

La pregunta que domina el debate es inevitable: ¿quiere realmente el Estado encontrar a los responsables? ¿O este crimen será archivado como tantos otros en un país donde la justicia parece una mercancía reservada para quien puede pagarla?

La muerte de Carlos Manzo simboliza el drama contemporáneo de México: la valentía convertida en sacrificio.

Uruapan, una ciudad que soñaba con un futuro de paz, hoy tiembla entre la indignación y el miedo. Pero en medio del duelo, algo ha cambiado: la gente ya no se resigna. Miles repiten la frase que se ha vuelto consigna: “No permitiremos que su muerte sea en vano.”

En las próximas semanas, Grecia Quiroz, la viuda del alcalde, deberá enfrentar un reto monumental: mantener vivo el legado de su esposo y continuar la lucha que él no pudo concluir.

Cada noche, en la plaza donde cayó, las velas siguen encendiéndose. Las flores de cempasúchil siguen perfumando el aire. No son solo ofrendas: son recordatorios de que la verdad no muere —solo espera ser revelada.

Y tal vez, si uno guarda silencio unos segundos entre las luces y el murmullo del viento, aún puede oír su voz grave diciendo:

“El pueblo es primero.”

Y es esa frase, más que las balas, la que todavía hace temblar a quienes quisieron callarlo.

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