Bajo la apariencia de una noticia familiar, la muerte de Abraham Quintanilla volvió a abrir una historia que nunca terminó de cerrarse en la memoria colectiva de la música latina.
Con su partida, no solo se fue el padre de Selena, sino también el último guardián vivo de una vida que el público conoció solo
a través de escenarios, canciones y titulares. Y en ese vacío, quienes estuvieron más cerca de ella se vieron obligados a enfrentar, una vez más, un pasado que jamás sanó del todo.
Abraham Quintanilla fue durante décadas mucho más que el padre de Selena. Fue el arquitecto de su carrera, su protector más férreo y el testigo completo de su breve pero intensa trayectoria.

Él la vio nacer, crecer entre ensayos y giras interminables, y alcanzar una fama que parecía no tener límites antes de ser arrebatada de manera violenta.
Para millones de seguidores, Abraham era la memoria viva de Selena, el único capaz de contar cómo era realmente cuando se apagaban las luces y desaparecía el público.
Por eso, su muerte tuvo un significado que fue más allá del duelo familiar. Marcó el final del último vínculo directo entre Selena y el presente.
Ya no quedó nadie que pudiera decir con certeza cómo sonaba su voz fuera del escenario, cómo enfrentaba el cansancio después de un concierto o qué sueños quedaron inconclusos. Con Abraham, esas historias pasaron a existir solo como fragmentos de recuerdos.
Ver también:
En ese contexto, el nombre de Chris Pérez volvió a ocupar el centro de la atención. Durante años, el viudo de Selena mantuvo una distancia casi absoluta de cualquier debate público relacionado con la familia Quintanilla.
Sin embargo, tras la muerte de Abraham, su silencio adquirió un peso distinto. Personas cercanas aseguran que Chris finalmente rompió su mutismo, no con declaraciones espectaculares, sino con una confesión íntima y dolorosa. Había perdido, otra vez, a Selena, al desaparecer el último lazo vivo que lo conectaba con ella.
Para Chris Pérez, el dolor no era nuevo, pero regresó con una intensidad total. Muchos se han preguntado cómo se sobrevive a la pérdida de una misma persona dos veces. Primero Selena, en 1995. Ahora su padre, quien funcionaba como un puente silencioso hacia el pasado.
La muerte de Abraham obligó a Chris a revivir escenas que había mantenido enterradas durante años, los ensayos, las giras, los momentos de felicidad y también los conflictos familiares que nunca encontraron una resolución completa.

La relación entre Chris Pérez y Abraham Quintanilla siempre fue compleja. Después de la tragedia, no hubo enfrentamientos públicos ni reconciliaciones formales. Lo que existió fue una convivencia marcada por el respeto y el silencio.
Chris continuó visitando a Abraham con el paso de los años, encuentros breves, discretos, sin cámaras ni anuncios. No había largos abrazos ni conversaciones profundas, solo la presencia de dos hombres unidos por una pérdida imposible de explicar con palabras.
Quienes conocieron de cerca esos encuentros coinciden en que no había rencor, sino heridas abiertas. Cuando dos hombres aman a la misma mujer de maneras distintas, el dolor no se discute, se guarda.
La muerte de Selena no terminó en 1995. Permaneció con ellos durante décadas, moldeando cada gesto y cada silencio.

En los últimos años de su vida, Abraham Quintanilla fue descrito como un hombre más reflexivo y cansado. Nunca dejó de hablar de Selena. Mostraba fotografías, repetía historias, siempre con un nudo en la garganta.
En ocasiones, se preguntaba si la había empujado demasiado, si la fama había valido el precio que la familia pagó. No se trataba de culpa abierta, sino de un cansancio profundo, como el de alguien que ha vivido demasiado tiempo con una herida sin cerrar.
En la intimidad, Abraham hablaba de la muerte con serenidad. No parecía temerla. Algunos aseguran que decía sentir a Selena cerca, que soñaba con ella o que la esperaba.
Aun cuando su salud se deterioró, hubo algo que nunca cambió, su necesidad de hablar de su hija, como si ese acto fuera la única forma de seguir adelante.

La muerte de Abraham Quintanilla no cerró la historia de Selena. Al contrario, la volvió a abrir. Con la partida del último gran testigo, quedaron preguntas sin respuesta, recuerdos sin confirmación y dolores que volvieron a sangrar en silencio.
En medio de ese vacío, el silencio de Chris Pérez se volvió más pesado que nunca. No porque no tenga nada que decir, sino porque hay dolores que, cuando acompañan a una persona durante toda una vida, ya no necesitan palabras para existir.
Y quizá sea precisamente ese silencio la prueba más clara de que la historia de Selena Quintanilla jamás ha terminado de escribirse.