No fue un informe técnico. Tampoco un comunicado oficial ni la voz de un familiar.
La historia que hoy sacude a la opinión pública llega desde la única persona que vio a Yeison Jiménez en sus últimos instantes.
Y su testimonio no solo describe un hallazgo, sino que abre una dimensión emocional que obliga a mirar esta tragedia con otros ojos.
Después de varios días de silencio, el rescatista que participó directamente en la búsqueda aceptó finalmente hablar.

No lo hizo como protagonista, sino como alguien que aún carga con una imagen difícil de borrar. Su voz fue pausada, contenida, a ratos quebrada. No buscó dramatizar. Pero cada palabra pesó más que cualquier titular.
Según relató, la operación se desarrolló en condiciones extremas. Terreno inestable, caminos resbaladizos, niebla cerrada y un frío que entumecía el cuerpo. Cada paso exigía concentración absoluta.
Cada decisión podía tener consecuencias. Sin embargo, el mayor peso no estaba en el riesgo físico, sino en la certeza de a quién estaban buscando.
“Todos lo sabíamos, aunque nadie lo dijo en voz alta. Íbamos a encontrar a Yeison Jiménez”, confesó.
El silencio acompañó al equipo durante todo el trayecto. Nadie habló de conciertos, de fama ni de canciones. En ese momento, Yeison Jiménez no era un ícono. Era un ser humano cuya historia podía estar a punto de terminar.
El hallazgo ocurrió antes de lo previsto, pero su impacto fue inmediato y profundo. Cuando la luz iluminó el rostro de Yeison Jiménez, el equipo quedó inmóvil. Nadie avanzó. Nadie habló. Solo se miraron entre ellos, comprendiendo sin palabras lo que acababan de presenciar.
El rescatista aseguró que lo más perturbador no fue el entorno ni las circunstancias físicas, sino la expresión del cantante.
“Había una paz extraña en su rostro. No vi miedo. No vi dolor. Vi algo parecido a la aceptación”, dijo.
Ese detalle desató debate entre quienes escucharon su testimonio. Para algunos, se trata de una percepción emocional.
Para otros, es una señal que invita a reflexionar sobre los últimos momentos de Yeison Jiménez. Pero en cualquier interpretación, esa imagen quedó grabada como una huella imborrable.

El equipo confirmó que Yeison Jiménez fue encontrado completamente solo. No había señales de intento de auxilio. No tenía objetos en las manos.
No existía evidencia visible de pánico. Esa soledad silenciosa se convirtió en una de las preguntas más inquietantes de toda la historia.
El rescatista evitó hacer conjeturas. Aseguró que, para él, aquel momento no fue una escena de investigación, sino un encuentro con la fragilidad humana.
“En ese instante no vimos a un artista. Vimos a una persona que había llegado al final de su camino”, afirmó.
Tras recuperar el cuerpo y trasladarlo a una zona segura, el ambiente entre los rescatistas cambió por completo.

No hubo alivio por misión cumplida. Hubo silencio. Hubo miradas perdidas. Hubo pausas largas. Algunos se apartaron para recomponerse. Otros simplemente permanecieron quietos.
“Nadie hablaba. Pero todos sabíamos que acabábamos de vivir algo que nos iba a acompañar para siempre”, recordó.
Uno de los puntos que más llamó la atención del testimonio fue la revelación de que Yeison Jiménez había tenido contacto con su equipo poco antes del accidente.
El contenido de esa comunicación no ha sido divulgado, pero la información abrió una nueva serie de interrogantes sobre los minutos previos a la tragedia.
El rescatista aclaró que no conoce los detalles, pero considera que ese contacto es una pieza clave para comprender la secuencia de los hechos. Aun así, pidió respeto.
“No todo debe convertirse en especulación. Hay verdades que necesitan tiempo y dignidad”, dijo.

Durante la entrevista, mencionó en repetidas ocasiones a la familia del cantante. Confesó que, al tocar el cuerpo de Yeison Jiménez, no pensó en cámaras ni en titulares. Pensó en quienes lo esperaban sin saber aún que su vida había cambiado para siempre.
“Sabíamos que ese momento iba a marcar a muchas personas. No solo a nosotros”, expresó.
Por esa razón, aseguró que todo el equipo actuó con el máximo respeto. Cada movimiento fue cuidadoso.
Cada gesto fue medido. Porque comprendían que no estaban trasladando solo un cuerpo, sino una historia, una memoria colectiva, un símbolo emocional para millones de personas.
La muerte de Yeison Jiménez dejó un vacío profundo en la música colombiana. Pero más allá del arte, dejó una herida emocional en su comunidad.

No era solo un cantante exitoso. Era alguien que había construido un vínculo real con su público, mostrando su humanidad sin filtros.
Durante su carrera, nunca intentó parecer perfecto. Compartió sus caídas, sus luchas, sus sueños y sus miedos. Y esa honestidad fue precisamente lo que lo convirtió en un referente cercano, casi familiar, para sus seguidores.
Por eso su partida no se sintió como una noticia más. Se sintió como una pérdida personal para miles de personas que crecieron con su voz.
El testimonio del rescatista no ofrece respuestas definitivas. No resuelve el misterio. Pero añade una dimensión profundamente humana a la historia.
Una dimensión donde la fama se desvanece, donde los escenarios se apagan, y donde solo queda un ser humano enfrentando su último silencio.

Hasta hoy, muchos detalles del accidente siguen sin aclararse. Las investigaciones continúan. Las preguntas permanecen. Pero para millones de seguidores, la verdad más dura ya es irreversible: Yeison Jiménez se ha ido.
El rescatista cerró su relato con una frase breve, pero imposible de olvidar.
“Hay personas que mueren y dejan silencio. Hay otras que mueren y dejan eco. Yeison Jiménez pertenece a las que nunca dejan de sonar”.
Y quizá en ese eco, en esa memoria colectiva que sigue viva, Yeison Jiménez continuará existiendo, no solo en sus canciones, sino en el corazón de un país que aprendió a sentir con su voz.