Nadie está preparado para el momento en que una madre debe enfrentar el cuerpo sin vida de su hijo.
Pero aquella tarde, en el aeropuerto, cuando se abrió la puerta del avión, el aire pareció desaparecer por completo.
Los testigos aseguran que no presenciaron un acto protocolario ni una escena mediática, sino el dolor más puro y desgarrador que puede existir.
La madre de Yeison Jiménez avanzó unos pasos y se detuvo. Sus ojos se quedaron fijos en la camilla cubierta por una sábana blanca. No gritó de inmediato.

Permaneció en silencio durante unos segundos, como si su mente se negara a aceptar la realidad. Luego sus piernas cedieron.
Cayó de rodillas, apoyó las manos en el suelo frío y el nombre de su hijo salió de su pecho como un grito que rompió el espacio. Ya no era un llanto. Era el alarido de una mujer a la que le acababan de arrancar la razón de vivir.
Quienes estaban allí aseguran que nunca habían visto un dolor tan visible. Los agentes de seguridad, acostumbrados a tragedias, tampoco pudieron ocultar su conmoción.
Uno de ellos confesó que en ese instante no vio a una artista famoso, sino a una madre a la que le habían arrebatado su hijo de la manera más cruel.
Para el público, Yeison Jiménez fue símbolo de lucha, de superación y de una voz que representaba a millones. Para su madre, Yeison nunca fue un ícono.
Siempre fue el niño que caminaba tomado de su mano por calles polvorientas, el joven que le prometió que un día le construiría una casa para que nunca más tuviera miedo del mañana.
Y cumplió su promesa.
Aquella casa no era solo una obra material. Era un monumento al amor filial. Yeison decía que sin su madre él no existiría. La llamaba todos los días, aun en medio de giras y compromisos.
Le hacía preguntas simples, cotidianas, profundamente humanas. Si ya había comido. Si estaba cansada. Si había dormido bien.
Para ella, cada llamada era una prueba de que su hijo seguía siendo el hombre que ella había formado. Para Yeison, cada llamada era la forma de recordarse que, detrás de los escenarios, aún tenía un hogar al que regresar.

Por eso, cuando Yeison murió, su madre no solo perdió a su hijo. Perdió el ritmo de su propia vida. Perdió la persona que hacía que cada sacrificio tuviera sentido.
Uno de los detalles más dolorosos fue la premonición que ella tuvo antes de la tragedia. Horas antes del accidente, sintió una inquietud inexplicable.
Un peso en el pecho, una sensación de peligro sin nombre. Quiso llamarlo, pero se dijo a sí misma que era solo la preocupación exagerada de una madre.
Después, esa decisión se convirtió en su mayor castigo. Se preguntó una y otra vez qué habría pasado si lo llamaba, si le pedía que no viajara, si escuchaba su intuición. Empezó a creer que su instinto materno la había traicionado. Que no supo ser el último escudo de su hijo.

En los días siguientes, hablaba poco. Pasaba horas escuchando los mensajes de voz de Yeison. No para llorar, sino para convencerse de que esa voz había existido de verdad. De que su hijo la había llamado mamá. De que había reído. De que había prometido volver pronto.
Cada vez que la voz sonaba, cerraba los ojos. Quienes la rodean dicen que intenta mantenerlo vivo en su memoria, porque si la memoria se apaga, ya no le queda nada a lo que aferrarse.
Mientras tanto, los medios continuaban informando. Imágenes del lugar, datos técnicos, tiempos, fuego, humo. Pero ninguna cámara pudo registrar a esa madre sentada sola en una habitación oscura, abrazando la camisa de su hijo y repitiendo su nombre en silencio.
Ese contraste ha generado una pregunta incómoda. Estamos buscando la verdad, o estamos consumiendo la tragedia.

Para los seguidores, Yeison Jiménez fue una estrella que se apagó. Para su madre, fue un universo entero que se derrumbó. La distancia entre esas dos miradas es imposible de medir con palabras.
El mayor dolor de ella no es solo que su hijo se haya ido. Es pensar que en sus últimos segundos, Yeison pudo haber pronunciado su nombre. Y ella no estuvo allí para tomarle la mano.
Los familiares cuentan que desde entonces ella vive de otra manera. Come, bebe, habla, pero su mirada siempre parece buscar una sombra conocida. Camina más lento. Guarda más silencio. Ya no habla del futuro. Solo habla del pasado.
En la casa que Yeison construyó para ella, todo permanece intacto. La silla donde él se sentaba. La taza que usaba. El aroma en su ropa. Cada objeto es una pieza de una vida que se detuvo.
Algunos dicen que esa madre vive en una noche sin amanecer. Una noche donde el amor no desaparece, pero se transforma en dolor constante.

Una noche donde la esperanza ya no pertenece a este mundo, sino a un reencuentro en un lugar donde no existe el fuego, ni el miedo, ni los gritos de despedida.
La historia de la madre de Yeison Jiménez no es solo una tragedia familiar. Es un recordatorio de que detrás de cada noticia hay un corazón que se rompe en silencio.
Es una invitación a preguntarnos cómo miramos el dolor ajeno. Como información, o como destino.
Porque para una madre, perder a un hijo no es un hecho. Es una herida que la acompaña por el resto de su vida. Y muchas veces, en esas heridas, se esconde la verdad más dolorosa de todas.