A los 58 años, cuando muchas estrellas eligen la comodidad del silencio,
Araceli González decidió hacer exactamente lo contrario. No habló desde el escándalo ni desde la victimización, sino desde un lugar mucho más incómodo: la memoria.
Su testimonio, directo y sin adornos, sacudió a la opinión pública argentina porque no se limita a una historia personal, sino que deja al descubierto un sistema donde el poder, el miedo y la obediencia silenciosa han marcado destinos durante décadas.
Araceli González no fue una celebridad fabricada por el marketing. Ingresó al mundo del espectáculo a los ocho años como modelo infantil y, a los trece, ya era rostro de grandes campañas publicitarias en Argentina.

Su belleza clásica y elegante la convirtió rápidamente en un ícono. El paso a la actuación confirmó que no era solo una imagen: series como La banda del Golden Rocket y Amas de Casa desesperadas la consolidaron como una de las figuras más fuertes de la televisión.
Fuera de cámara, su matrimonio con Adrián Suar, uno de los productores más influyentes de Canal 13, parecía completar el retrato perfecto.
Para el público, todo era éxito. Para Araceli, no. Con el paso del tiempo, comenzó a sentir que su voz se diluía. Decisiones profesionales que ya no le pertenecían, proyectos descartados sin explicación clara y una vida cotidiana cada vez más condicionada por equilibrios de poder.
Ella misma describió ese proceso con una frase que hoy resuena con fuerza: se convirtió en una mujer invisible dentro de su propia vida.
Esa invisibilidad fue progresiva. Pequeñas renuncias, silencios justificados en nombre de la familia y un temor constante a afectar la vida de su hijo Tomás.

Cuando el matrimonio se rompió, Araceli creyó que al menos recuperaría su autonomía. Según su relato, ocurrió lo contrario.
Adrián Suar, ahora desde una posición de poder absoluto, habría cerrado puertas profesionales de manera sistemática.
Más grave aún, la actriz habló de advertencias relacionadas con la crianza de su hijo, frases que interpretó como amenazas y que la empujaron a callar durante años.
El nombre de Griselda Siciliani aparece en su relato como una herida profundamente personal. La relación de Siciliani con Suar comenzó inmediatamente después, o incluso antes según versiones cercanas, del final del matrimonio.
Para Araceli, el dolor no se limita a la traición sentimental, sino a la sensación de haber sido desplazada como madre, como si su lugar pudiera ser reemplazado sin consecuencias emocionales.

Facundo Arana, amigo cercano de Suar, representa otro tipo de decepción. Nunca atacó públicamente a Araceli ni tomó partido de forma explícita.
Sin embargo, ella considera que su neutralidad fue una forma de minimizar el daño. En determinadas situaciones, sostiene, no existe un punto medio ético cuando el sufrimiento se concentra en una sola persona.
La historia se vuelve aún más compleja cuando involucra a la familia. Claudia Lapacó, actriz y pareja del padre de Araceli, realizó declaraciones públicas insinuando que la actriz manipulaba sus emociones frente a las cámaras.
Para Araceli, aquello significó una traición profunda, proveniente de alguien a quien había considerado una figura materna. El golpe íntimo fue, según ella, más difícil de procesar que cualquier ataque mediático.

El quinto nombre es Marcelo Tinelli, uno de los conductores más poderosos de la televisión argentina. En su programa ShowMatch se emitieron sketches humorísticos que ridiculizaban la vida privada y la maternidad de Araceli.
Ella interpreta esa decisión como una forma de complicidad, al convertir su dolor en entretenimiento masivo y legitimar la burla desde una plataforma de enorme alcance.
A los 44 años, Araceli desapareció casi por completo de la pantalla. Muchos interpretaron su ausencia como el final de una carrera.
En realidad, fue un repliegue necesario para sobrevivir. Durante ese período, comenzó a participar en charlas sobre violencia simbólica, escribió columnas de opinión y se vinculó con proyectos independientes donde su voz no estaba condicionada. El miedo seguía presente, pero ya no dictaba todas sus decisiones.

Lo más inesperado de su testimonio es el desenlace. Araceli no exige disculpas públicas ni busca revancha. Afirma que la paz llegó cuando dejó de esperar reconocimiento externo.
La reunión privada con su ex suegra, madre de Adrián Suar, para aclarar malentendidos del pasado, simboliza ese cierre personal. Para ella, el perdón no es un regalo para quienes causaron daño, sino una forma de liberarse a sí misma.
La historia de Araceli González trasciende la crónica de una celebridad. Es un retrato incómodo sobre cómo opera el poder en la industria del entretenimiento, sobre el costo de callar y sobre las mujeres que fueron empujadas al silencio para preservar un orden establecido.
A los 58 años, Araceli ya no busca aprobación. Y quizás por eso, su voz, ahora libre, resulta tan perturbadora como necesaria.