ANTES DE MO.R.IR YEISON JIMÉNEZ PREDIJO SU MUERTE Y CONFESÓ LOS DETALLES MÁS DOLOROSOS

No todas las predicciones son creídas. Pero hay historias que sol

o se comprenden plenamente cuando la tragedia ya ha ocurrido.

En el caso de Yeison Jiménez, sus palabras sobre el miedo, los sueños repetidos y la fragilidad de la vida hoy adquieren un peso distinto. Aquello que muchos consideraron sensibilidad o exageración, ahora se lee como una confesión silenciosa que el destino terminó por confirmar.

Yeison Jiménez falleció a los 34 años en un accidente aéreo en Paipa, Boyacá. Esa edad, exactamente la misma que él había mencionado en sus sueños, estremeció a millones de personas.

No convirtió su historia en una leyenda, pero sí en una pregunta incómoda: ¿realmente el ser humano ignora siempre su propio final, o simplemente no quiere aceptarlo?

En entrevistas de tono íntimo, Yeison relató haber tenido tres sueños idénticos. No eran escenas borrosas ni símbolos confusos.

Eran imágenes claras, precisas y dolorosas. Se veía a sí mismo y a su equipo en un accidente de avión en Boyacá. Escuchaba la voz de un presentador anunciando su muerte. Conocía su edad exacta. Observaba las montañas acercarse y sentía el impacto inevitable.

Yeison nunca contó esos sueños como alguien convencido de una profecía. Los relató como un hombre que intentaba comprender su propio miedo.

Decía que podían ser producto del subconsciente, del estrés, de la presión de su vida artística. Pero en silencio también se preguntaba si no serían una advertencia que él no supo interpretar.

Esos sueños no surgieron en el vacío. Antes del accidente fatal, Yeison vivió un episodio aéreo extremadamente peligroso en Medellín.

El avión perdió comunicación y permaneció suspendido en el aire durante más de tres minutos. Para muchos fue un problema técnico. Para Yeison fue el momento en que creyó que iba a morir.

Contó que en ese instante no pensó en su carrera ni en su fama. Pensó en su hijo, que aún no había nacido. Pensó en la posibilidad de no verlo nunca.

Esa idea, según sus propias palabras, le atravesó el alma. Cuando el avión logró aterrizar, Yeison ya no era el mismo.

Desde entonces entró en una etapa de depresión silenciosa. Seguía cantando, sonriendo, firmando autógrafos. Pero en la soledad lloraba.

El miedo a volar se convirtió en una obsesión constante. Cada vuelo era una batalla interior entre la razón y el pánico.

Sus amigos más cercanos aseguran que Yeison hablaba poco de ese temor. Simplemente se volvió más callado, más observador. Empezó a mirar la vida con otros ojos.

Su cuerpo tampoco era tan fuerte como muchos creían. Sufría una deformación en la córnea que afectaba su visión.

Se mareaba con frecuencia bajo las luces del escenario y en varias ocasiones perdió el equilibrio. A eso se sumaba un ritmo de trabajo agotador, pocas horas de sueño y viajes continuos. Su organismo vivía en alerta permanente.

Yeison era consciente de ello. No se quejaba, pero tampoco lo negaba. Decía que el ser humano no es tan fuerte como aparenta, solo aprende a esconder su fragilidad.

En ese contexto, su filosofía de vida cambió profundamente. Abrazaba más a su familia. Decía “te amo” con mayor frecuencia.

No tenía miedo de mostrarse vulnerable frente a quienes amaba. Empezó a valorar los pequeños momentos, una comida sencilla, una mirada de su hijo, una conversación cotidiana.

También cambió su forma de entender la muerte. Ya no pedía no morir. Pedía serenidad para aceptar aquello que no podía controlar. Decía que, si algún día tenía que partir, quería hacerlo en paz, sin rencor y sin miedo.

Yeison comenzó a organizar lo que él llamaba su herencia emocional. No hablaba de bienes materiales. Hablaba de recuerdos.

Deseaba que sus hijos lo recordaran como un padre capaz de amar, de pedir perdón, de equivocarse y de intentarlo. Dejaba mensajes, historias, pequeños gestos, como quien prepara una despedida sin saber cuándo llegará.

Algunos hábitos suyos resultaban desconcertantes. Anotaba las fechas en las que sentía que no debía volar.

Cuando no tenía alternativa, elegía sentarse cerca del ala del avión. No era superstición. Era su forma de sentirse preparado.

Y entonces llegó el día final. El avión con matrícula N325 FA se incendió tras no lograr despegar completamente en Paipa, Boyacá. Yeison Jiménez, cuatro acompañantes y el piloto Hernando Torres perdieron la vida.

A los 34 años, Yeison se fue tal como lo había visto en sus sueños. Pero su historia no termina en esa coincidencia. Lo que más conmueve es la manera en que vivió sus últimos días. Sin histeria. Sin rendirse. Con una preparación silenciosa, como un marinero que oye la tormenta desde lejos.

Yeison no pudo detener la tempestad. Pero sí logró guardar lo más valioso dentro de su alma. Aprendió a amar más, a temer menos y a aceptar con mayor profundidad.

La historia de Yeison Jiménez no es, al final, un relato sobre profecías o destino. Es la historia de un hombre que comprendió que la vida no se mide en años, sino en la forma en que se vive cada día.

Y en su partida, dejó una lección tan sencilla como poderosa: cuando una persona aprende a valorar el presente, ni siquiera la muerte puede borrar el sentido de su existencia.

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