CASO ASE.S.I.NATO MARIO PINEIDA: ¿CHULCO O LÍO DE FALDAS?

Los disparos que se escucharon la tarde del 17 de diciembre en el sector de Samanes, al norte de Guayaquil, no solo acabaron con

la vida de Mario Pineida, reconocido lateral del Barcelona Sporting Club, sino que también rompieron la frágil sensación de seguridad que rodeaba al fútbol ecuatoriano.

La muerte del jugador y de su pareja, Gisela Fernández, a plena luz del día y frente a familiares, transformó una escena cotidiana en el escenario de una ejecución cuidadosamente planificada.

Desde ese momento, una pregunta domina el debate público: ¿se trató de un crimen por dinero o por asuntos sentimentales, y quién era realmente el objetivo?

De acuerdo con los informes preliminares, el ataque no fue improvisado. El grupo criminal siguió a Pineida durante varios días, estudió sus movimientos y eligió el momento exacto para actuar cuando se encontraba fuera de casa y en un lugar abierto.

Al menos tres motocicletas y dos vehículos fueron utilizados para cerrar el paso, apoyar la huida y garantizar el éxito de la operación. Los atacantes dispararon a corta distancia y escaparon en segundos, un patrón que apunta a sicarios contratados y no a delincuencia común.

Las cámaras de seguridad muestran que Mario Pineida fue el primero en recibir los impactos y cayó cerca del local comercial.

Segundos después, Gisela Fernández también fue alcanzada por las balas y murió en el lugar. La madre del futbolista estaba presente y resultó herida en medio del caos, aunque su vida no corrió peligro.

Este detalle elevó aún más la gravedad del caso, al evidenciar la frialdad de los agresores, capaces de disparar en una zona concurrida sin considerar a terceros.

La Policía Nacional actuó bajo una fuerte presión mediática y social. En pocos días fueron detenidos dos ciudadanos venezolanos tras el análisis de cámaras de vigilancia y rastreos financieros.

Cristian David Peláes González, de 21 años, recién salido de prisión, fue identificado como campanero, encargado de vigilar y avisar el momento oportuno.

Jimnery Mariander Peñablanco, de 24 años, es señalada como la persona que coordinaba los pagos y servía de enlace entre quien ordenó el crimen y los ejecutores.

Los montos revelados en la investigación causaron indignación. El precio por el asesinato habría oscilado entre 1.000 y 3.000 dólares, mientras que el vigilante recibió alrededor de 200 dólares.

Cantidades mínimas frente al valor de dos vidas humanas, que reflejan la crudeza de un mundo criminal donde matar se convierte en una simple transacción bancaria.

A partir de estas pruebas, surgieron dos líneas principales de investigación. La primera se relaciona con el chulco, el préstamo ilegal de dinero.

Gisela Fernández, además de dedicarse a la venta de teléfonos celulares, es señalada por presuntamente manejar préstamos de grandes sumas en efectivo.

Según esta hipótesis, deudores incapaces de pagar habrían contratado a sicarios para eliminarla y borrar así sus obligaciones. En este escenario, Mario Pineida habría sido asesinado por su cercanía sentimental y por conocer esas actividades financieras.

La segunda hipótesis apunta a un conflicto pasional. Fuentes extraoficiales indican que Gisela habría mantenido una relación previa con un individuo vinculado al narcotráfico antes de estar con Pineida.

De confirmarse, el crimen podría responder a una venganza personal, en la que el futbolista habría sido el objetivo directo por ser considerado un rival sentimental.

La complejidad del caso radica en la contradicción entre las imágenes del ataque y algunas conclusiones investigativas.

Aunque Pineida fue abatido primero, varios analistas y reportes periodísticos sostienen que el plan estaba centrado en Gisela Fernández y que el jugador quedó atrapado en una trama ajena al deporte y a su carrera profesional.

Mientras los dos detenidos permanecen en prisión preventiva y la búsqueda del autor intelectual continúa, el asesinato de Mario Pineida se convierte en algo más que una tragedia deportiva. Es un retrato inquietante de la convivencia entre fama, dinero y crimen organizado.

En la cancha, Pineida simbolizaba juventud y éxito. Fuera de ella, los disparos en Samanes revelaron un lado oscuro donde la gloria puede extinguirse en cuestión de segundos.

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