No todas las tragedias comienzan con un impacto. Algunas empiezan con el silencio,
con la decisión de no frenar y con dos kilómetros arrastrando a un ser humano sobre el asfalto.
El caso que involucra a Gaby Gómez Córdoba y al motociclista Roberto Hernández ha obligado a la sociedad a formular una pregunta incómoda pero inevitable: ¿sigue siendo un accidente o ya se convirtió en un crimen cubierto por la indiferencia?
Roberto Hernández, según su familia y sus compañeros de trabajo, era un hombre disciplinado, responsable y profundamente comprometido con sus hijos.

No era famoso, no tenía poder ni riqueza. Pero en su hogar era el pilar. Aquella noche salió en su motocicleta para recoger a su pareja después del trabajo, por una ruta habitual, sin señales de imprudencia. Un trayecto cotidiano que terminó transformándose en el último.
En el cruce de Periférico Oriente con Eje 6 Sur, un Honda City azul apareció detrás de él. El impacto fue fuerte y suficiente para que Roberto cayera y quedara atrapado bajo el vehículo. Desde ese instante, su destino quedó en manos de la persona que conducía.
El auto no se detuvo.
Las cámaras de seguridad registraron cómo el Honda City continuó avanzando, arrastrando el cuerpo de Roberto por varias calles.
Las imágenes paralizaron a la opinión pública, no solo por la violencia del hecho, sino por su duración. Dos kilómetros no son segundos. Son metros y metros de oportunidades perdidas para frenar.
Todo terminó cuando el vehículo pasó por un tope. El golpe lanzó el cuerpo fuera del chasis y lo dejó inmóvil sobre el pavimento. No fue un acto de humanidad lo que puso fin al arrastre, sino un obstáculo en la vía.
La conductora fue identificada como Gaby Gómez Córdoba, de 43 años, con formación en enfermería y gestión en salud.
Este dato encendió aún más la indignación. Para muchos, resulta incomprensible que alguien formado para cuidar vidas haya protagonizado un episodio marcado por la omisión.
Después de dejar a Roberto en la calle, Gaby Gómez regresó a su casa en Nezahualcóyotl. Las cámaras muestran cómo estaciona con precisión, cede el paso a otros vehículos y cierra la puerta con normalidad.
No hay señales de pánico. No hay gestos de confusión. En contraste, un hombre agonizaba a kilómetros de distancia.

Horas más tarde, el Honda City fue encontrado abandonado, sin placas y con daños visibles. La conductora no se presentó ante las autoridades y desapareció de su domicilio. Desde ese momento, el caso dejó de ser solo un accidente de tránsito.
Existen versiones que señalan un posible conflicto previo entre ambos. Aunque este punto aún se investiga, su sola posibilidad cambia por completo la lectura del hecho.
Si hubo discusión, entonces el arrastre ya no puede interpretarse como una reacción instintiva, sino como la consecuencia de una decisión emocionalmente cargada.
Especialistas en tránsito y peritos coinciden en que es prácticamente imposible no notar que un cuerpo está siendo arrastrado bajo un automóvil.

El sonido, la vibración, la resistencia al avanzar y la sensación irregular en la conducción son señales evidentes. Continuar durante dos kilómetros implica una secuencia de decisiones, no un simple error de segundos.
Desde el punto de vista legal, el centro del debate no está solo en el impacto inicial, sino en lo que ocurrió después.
En muchos sistemas jurídicos, abandonar a una víctima en estado crítico constituye un agravante. En ese momento, el conductor deja de ser únicamente responsable de un choque y pasa a ser responsable de una omisión que puede costar una vida.
La familia de Roberto Hernández vive un duelo doble. Perdieron a un ser querido y perdieron la certeza de que se hizo todo lo posible por salvarlo.
La pregunta que los persigue es dolorosamente simple: si el auto se hubiera detenido antes, ¿habría tenido Roberto una oportunidad de sobrevivir?

Esa pregunta se ha extendido a toda la sociedad. El caso se convirtió en un símbolo de la indiferencia, de una época en la que algunos continúan su camino como si nada hubiera ocurrido, incluso después de dejar una vida atrás.
También hay quienes piden prudencia, quienes recuerdan que solo un juez puede dictar una sentencia definitiva. Esa postura es necesaria en un Estado de derecho. Pero la cautela jurídica no debe convertirse en silencio moral.
Este caso obliga a reflexionar sobre el límite entre el miedo y la frialdad. Sobre el instante en que una persona decide protegerse a sí misma en lugar de auxiliar a quien yace en el suelo. Y sobre la frontera entre un error y una culpa que se prolonga en el tiempo.

Para la opinión pública, los dos kilómetros no son solo una distancia. Son el recorrido de una ausencia, de un abandono, de una vida que pudo haber tenido otro final.
Hasta hoy, la sociedad espera que Gaby Gómez aparezca, no solo para enfrentar a la justicia, sino para responder una pregunta que pesa más que cualquier expediente: por qué no se detuvo.
La justicia no devolverá a Roberto Hernández a su familia. Pero puede enviar un mensaje claro: ninguna vida es un detalle menor en el asfalto, ninguna omisión es invisible y ningún kilómetro de silencio debe quedar sin respuesta.
Dos kilómetros en la oscuridad le arrebataron a un padre a sus hijos, a un trabajador a su familia y a un hombre su derecho a ser auxiliado. Y mientras la verdad no se esclarezca por completo, ese recorrido seguirá siendo una herida abierta en la conciencia colectiva.