Una llamada cerca de la medianoche. Una promesa de volver pronto a casa. Y después, silencio. El asesinato de dos adolescentes en Malambo ha conmocionado a toda la comunidad, no solo por la brutalidad del crimen, sino por la pregunta que aún resuena con fuerza: qué ocurrió realmente durante aquella cita que comenzó en Facebook.
La historia ha sido reconstruida a partir del desgarrador testimonio de su madre, la última persona que escuchó la voz de una de sus hijas antes de que todo desapareciera en la oscuridad de aquella noche.
Las víctimas son Sherid Hernández Noriega, de 14 años, y Keila Nicole Hernández Noriega, de 17. Según relató su madre, ambas hermanas tenían personalidades muy distintas pero estaban profundamente unidas. Sherid era alegre, extrovertida y siempre dispuesta a conversar. Keila, en cambio, era más reservada, tranquila y solía pasar más tiempo en casa.

Aunque las dos habían dejado la escuela durante un tiempo, planeaban regresar este año para terminar sus estudios. También querían tomar cursos de formación técnica que les permitieran trabajar pronto.
Sherid soñaba con estudiar belleza y cosmetología, mientras Keila había expresado su deseo de formarse en enfermería para ayudar a otras personas.
Para su madre, esos planes representaban una esperanza sencilla pero valiosa para el futuro de sus hijas. Sin embargo, todo cambió en cuestión de horas.
Según su testimonio, la historia comenzó cuando las dos adolescentes conocieron a dos jóvenes a través de Facebook. Uno de ellos se hacía llamar Tata y habría iniciado una relación sentimental con Sherid. El otro, conocido como Fabián, supuestamente mantenía una relación con Keila.
Las conversaciones virtuales pronto se transformaron en encuentros en persona. La primera reunión ocurrió el sábado del fin de semana de Carnaval. Después de ese encuentro, las jóvenes parecían confiar en los muchachos y acordaron volver a verse el martes por la noche.

La madre contó que intentó impedir que salieran aquella noche. Las dos hermanas prometieron que no irían. Pero cerca de la medianoche, la hermana mayor de la familia, de 22 años, descubrió que Sherid y Keila ya no estaban en casa.
Alarmada, la madre llamó inmediatamente al teléfono de Sherid. La adolescente contestó y le dijo que estaban esperando un vehículo que las recogería y que regresarían pronto. Su voz parecía tranquila y no mostraba señales de angustia.
Fue la última vez que la familia escuchó de ellas.
Minutos después, los teléfonos de ambas adolescentes fueron apagados.
A partir de ese momento comenzó una angustiosa búsqueda. La madre llamó y envió mensajes una y otra vez sin obtener respuesta. Desesperada, decidió escribirle a Tata para preguntarle dónde estaban sus hijas.
La respuesta que recibió cambió por completo la situación.

Quien respondió ya no era Tata. Un grupo de personas aseguró que tenían a las dos jóvenes y comenzó a exigir dinero para liberarlas. Según los mensajes, las adolescentes habían sido secuestradas.
El primer monto exigido fue de 50 millones de pesos. Cuando la madre explicó que no tenía esa cantidad, los secuestradores redujeron la exigencia a 20 millones.
Para aumentar la presión, enviaron una fotografía que mostraba a Sherid con un arma apuntando a su cabeza.
La madre recuerda ese momento como el instante en que sintió que su mundo se derrumbaba. Ella trabaja como empleada doméstica para una familia y nunca habría podido reunir una suma de dinero tan grande.
Los mensajes continuaron durante varios días. Los secuestradores también afirmaron que tenían informantes dentro de la policía y advirtieron que si la familia denunciaba el caso, las adolescentes morirían.

A pesar de las amenazas, el caso llegó a conocimiento de las autoridades. El grupo antisecuestro Gaula comenzó a intervenir y participó directamente en los intercambios de mensajes con los criminales utilizando el teléfono de la madre.
Los investigadores intentaron obtener pruebas de que ambas adolescentes seguían con vida. Sin embargo, los secuestradores siempre evitaban enviar imágenes o videos que demostraran que las dos estaban vivas al mismo tiempo.
Mientras tanto, la familia vivía días de angustia e incertidumbre.
El domingo ocurrió algo que aumentó el miedo. Durante una llamada de WhatsApp, la madre escuchó la voz de alguien diciendo que llevaran a las chicas hasta allí porque él mismo las mataría.
La frase la dejó paralizada, aunque todavía intentaba aferrarse a la esperanza de que todo fuera una amenaza para presionarla.
Poco después, esa esperanza desapareció.

Los cuerpos de Sherid y Keila fueron encontrados en avanzado estado de descomposición. Según la información preliminar de las autoridades, Sherid recibió un disparo en la cabeza, mientras que Keila fue degollada.
El estado de los cuerpos dificultó la identificación inicial. Los investigadores tuvieron que apoyarse en tatuajes visibles y posteriormente en pruebas de ADN para confirmar que se trataba de las dos hermanas.
Para la madre, fue un golpe devastador imposible de imaginar.
En medio del dolor, también compartió algunos detalles que recordaba sobre los sospechosos. El hombre identificado como Fabián habría sido delgado, con rostro alargado y un corte de cabello con cola en la parte posterior. Tata, según la descripción, llevaba el cabello teñido de rojo.
La mujer también señaló que las voces que escuchó en los audios parecían tener acento paisa o venezolano. Aunque en los mensajes los sospechosos afirmaban ser menores de edad, la madre cree que las voces pertenecían a hombres adultos.

Tras conocerse el caso, comenzaron a circular rumores en redes sociales. Algunas personas insinuaron que las jóvenes podrían haber estado involucradas con drogas o que alguna estaba embarazada.
La madre rechazó de forma contundente esas versiones. Aseguró que sus hijas no estaban relacionadas con ese tipo de situaciones y lamentó que los rumores aumentaran aún más el dolor de la familia.
En su testimonio, también quiso enviar un mensaje a los jóvenes. Dijo que escuchar a los padres puede salvar vidas, porque muchas veces las advertencias que hacen nacen del deseo de proteger a sus hijos de un mundo lleno de riesgos.
La familia también exige justicia. La madre afirma que lo único que desea ahora es que los responsables sean identificados y castigados para que la muerte de sus hijas no quede en el olvido.

La tragedia resulta aún más dolorosa si se considera que Sherid estaba a pocos días de celebrar su cumpleaños número quince, el 19 de marzo. La adolescente esperaba con ilusión su fiesta.
Hoy, en lugar de preparar esa celebración, la familia enfrenta un duelo profundo.
En la casa donde las dos hermanas crecieron, el silencio se ha vuelto insoportable. Y en Malambo, la pregunta sigue presente en la mente de muchos: cómo una simple cita organizada a través de una red social pudo terminar en una tragedia tan brutal.