No fue un accidente, no fue el destino, fue el silencio. Ese es el mensaje que el padre de Yeison Jiménez lanzó al país en un video que, en pocas horas, transformó el duelo en polémica y la tristeza en un debate incómodo sobre responsabilidades.
El hombre apareció ante la cámara sin orgullo ni firmeza. Su rostro reflejaba cansancio, su voz temblaba, y cada palabra parecía salir de un pecho agotado. No intentó ocultar su pasado.
Se definió como un padre ausente, alguien que dejó que los errores, los vicios y la indiferencia lo alejaran de su propio hijo cuando más lo necesitaba.
Recordó que Yeison, siendo niño, no buscaba fama ni dinero, sino una figura que lo orientara y lo acompañara. Pero él no estuvo allí. Eligió la distancia. Y cuando quiso regresar, el tiempo ya no le pertenecía.

Sin embargo, su mayor dolor no fue haber perdido la infancia de su hijo, sino haber perdido también su despedida. No estuvo en el funeral. No tocó el ataúd.
No besó la frente de Yeison por última vez. Solo observó desde lejos cómo un país entero lloraba al artista, mientras él permanecía solo, atrapado en su propia culpa.
“Fui un padre ausente en su vida y también en su muerte”, confesó. Para muchos, esa frase fue más que una declaración. Fue una condena emocional.
Pero el relato no se quedó en la autocrítica.
La voz del padre cambió de tono. El dolor dio paso a la ira. Entonces señaló directamente a la esposa de Yeison, la mujer que estuvo a su lado en los últimos años, y la acusó de no haber detenido el vuelo que terminó en tragedia.
Según él, ella tenía el poder de decir basta, de priorizar la seguridad por encima de cualquier compromiso, pero no lo hizo.
Para el padre, amar también significa proteger. Y callar ante el peligro, en su visión, es una forma de abandono. Aseguró que la prisa, el trabajo y la rutina pesaron más que la vida del artista.
Sus palabras estremecieron a la opinión pública. Porque no solo trasladaban la culpa a una mujer en duelo, sino que abrían una pregunta incómoda: hasta dónde puede una persona cargar con las decisiones del ser que ama.
El hombre fue aún más lejos. Reconoció su propia ausencia como padre, pero comparó su error con el de la esposa de Yeison.
Él no estuvo, dijo, pero ella sí estuvo y no logró protegerlo. Esa comparación, cargada de resentimiento, encendió aún más la controversia.

Incluso puso en duda el dolor que ella mostró ante las cámaras. Insinuó que sus lágrimas eran una máscara. Una afirmación que cruzó una línea delicada entre la sospecha y la crueldad.
Frente a las críticas, el padre explicó por qué decidió hablar ahora. Aseguró que no busca dinero ni atención. Solo quiere aliviar una culpa que lo consume. Dijo que callar lo estaba destruyendo lentamente.
También lanzó preguntas sobre la seguridad del avión, sobre las condiciones del vuelo y sobre las decisiones que permitieron que despegara en medio de dudas.
No presentó pruebas, pero sus interrogantes sembraron más incertidumbre en la mente del público.
Para muchos analistas, el video no es una acusación racional, sino una explosión de impotencia. Cuando alguien no puede proteger a su hijo en vida ni despedirlo en la muerte, la rabia termina buscando un rostro al cual aferrarse.

La reacción fue inmediata. Un sector vio en el padre a un hombre derrotado, atrapado en su propio remordimiento.
Otro sector lo acusó de herir a quienes aún sufren la pérdida, especialmente a la esposa de Yeison, quien enfrenta el duelo más profundo de su vida.
Entre ambas posturas, la verdad quedó suspendida en un terreno frágil. Nadie puede asegurar que, si el vuelo se hubiera detenido, Yeison estaría vivo. Tampoco puede probarse que una sola decisión habría cambiado el destino.
Lo único indiscutible es que la muerte de Yeison Jiménez no solo dejó un vacío en la música, sino una herida abierta dentro de su propia familia. Allí conviven el amor, la culpa, la rabia y la necesidad de encontrar responsables.

El video terminó sin disculpas y sin perdón. Solo con un padre bajando la mirada, como si hubiera vaciado el último rincón de su corazón.
Y del otro lado de la pantalla, millones de personas continúan juzgando, discutiendo y preguntándose qué se pudo hacer diferente.
Al final, la tragedia más grande quizá no sea el vuelo, sino la certeza de que nadie puede volver atrás. En un mundo donde no existe el “si hubiera”, cada persona debe aprender a vivir con la versión más dolorosa de su propia historia.
Por eso, la frase “ella pudo detenerlo” no es solo una acusación. Es el eco persistente de un dolor que todavía no encuentra descanso.