La captura de Nicolás Maduro no solo marcó un punto de quiebre en la política venezolana, sino que también expuso las fisuras más profundas dentro de un sistema de poder que durante años se presentó como hermético y monolítico.
Durante los días posteriores al hecho, la atención internacional se concentró en las presiones externas, en Washington y en las operaciones de inteligencia que habrían precipitado el desenlace.
Sin embargo, a medida que esas hipótesis comenzaron a perder fuerza, surgió una pregunta más incómoda y perturbadora. Qué ocurrió realmente dentro del círculo más íntimo del poder en Caracas.

La primera voz que se atrevió a mirar hacia adentro no fue la de un opositor ni la de un analista extranjero. Fue la del propio hijo de Maduro.
Durante semanas eligió el silencio, interpretado por muchos como un duelo personal. Pero según fuentes cercanas, ese silencio fue en realidad un tiempo de observación, de reconstrucción minuciosa de los hechos y de análisis de cada gesto posterior a la caída de su padre.
Desde el primer momento, algo no le cuadró. La operación se ejecutó con una facilidad que resultaba desconcertante para un jefe de Estado protegido durante años por múltiples anillos de seguridad. Los accesos clave no ofrecieron resistencia.
Rutas consideradas confidenciales quedaron expuestas. Algunas puertas decisivas parecían abiertas de antemano, sin señales de forcejeo ni irrupción violenta.

Más inquietante aún fue lo que no ocurrió la noche previa a la captura. No hubo llamadas de emergencia, ni órdenes frenéticas, ni movimientos desesperados para reorganizar la defensa.
El aparato de poder, acostumbrado a reaccionar con rapidez ante cualquier amenaza, permaneció en una calma casi absoluta. Para el hijo de Maduro, aquello no se parecía a una emboscada, sino a la aceptación tácita de un final previamente acordado.
Lejos de lanzar acusaciones públicas, optó por observar el día después. Quiénes caían y quiénes seguían en pie.
Quiénes desaparecían del escenario y quiénes continuaban operando con normalidad. Ese ejercicio, aseguran quienes conocen su entorno, fue decisivo para cambiar su percepción sobre lo ocurrido.
Varios personajes considerados pilares del régimen conservaron sus posiciones. Mantuvieron el control de recursos estratégicos y sus vínculos con las fuerzas armadas y la administración no se vieron interrumpidos.

En conversaciones privadas, hablaban de estabilidad, de continuidad y de futuro, como si la detención del presidente fuera un episodio previsto dentro de una transición inevitable.
Esa serenidad fue, a juicio del hijo de Maduro, la señal más reveladora. No había conmoción ni rabia, sino preparación. Como si algunos ya hubieran hecho el duelo antes de que el hecho se consumara.
Con el paso de los días, las sospechas se concentraron en una sola figura. Una mujer con acceso absoluto al presidente, con control sobre la información más sensible y con influencia directa en decisiones militares y ministeriales. Durante años, fue vista como la arquitecta invisible del poder.
Fuentes consultadas indican que en las semanas previas a la captura, todas las decisiones clave pasaron por sus manos. Informes de inteligencia fueron ignorados o minimizados.
Alertas de seguridad se retrasaron. La agenda presidencial se modificó de forma inusual, incorporando reuniones privadas fuera del programa oficial. Incluso el equipo de escoltas fue alterado por órdenes provenientes del más alto nivel.

El nombre que el hijo de Maduro señala sin rodeos es el de Cilia Flores, esposa del mandatario. En su lectura de los hechos, nadie más reunía las tres condiciones necesarias para una maniobra de esa magnitud. Información completa, autoridad real y oportunidad concreta.
El posible móvil, según esta versión, no estaría ligado al rencor personal. Sería una estrategia de supervivencia.
Ante el aumento de la presión internacional, el colapso económico y la amenaza de una caída total del sistema, sacrificar al símbolo máximo podía ser visto como el precio a pagar para salvar el resto de la estructura.
Las fuentes hablan de acuerdos silenciosos para proteger un patrimonio acumulado durante años, que incluiría propiedades, aeronaves privadas y complejas redes de intereses económicos.

Paralelamente, se habrían preparado con antelación movimientos financieros y legales. Activos trasladados a otras jurisdicciones, documentos ordenados y contactos discretos con actores externos para asegurar una transición controlada.
Desde esta perspectiva, la captura de Nicolás Maduro no fue el resultado de un golpe externo, sino el punto final de una cadena de decisiones calculadas desde el interior del poder.
Una transferencia no declarada, en la que un hombre fue apartado para que el sistema pudiera adaptarse y seguir operando bajo una nueva forma.
El hijo de Maduro no presenta pruebas documentales ni grabaciones. No hay papeles ni audios que respalden públicamente sus conclusiones.
Pero asegura que las piezas encajan con una lógica implacable. Lo que vio, lo que oyó y lo que nadie hizo cuando debía hacerlo le bastan para trazar el mapa completo de la caída de su padre.

El relato que emerge es amargo. No describe una derrota militar ni una victoria extranjera, sino una implosión. Como un edificio sólido que no cae por el impacto externo, sino porque sus columnas internas fueron desmontadas una a una para evitar que todo se derrumbara.
Esa interpretación, profundamente polémica, transforma la historia de Nicolás Maduro en una tragedia política mayor. Una historia donde la lealtad se subordina a la supervivencia y donde el mayor golpe no proviene del enemigo declarado, sino del corazón mismo del poder.