HARFUCH CAPTURA AL SICARIO DEL CJNG QUE AMENAZÓ A GRECIA QUIRÓZ CON ESTE VIDEO

En la ciudad de Uruapan, en el estado de Michoacán —una tierra que ha aprendido a convivir con la violencia y los mensajes escritos con sangre— apareció un video breve, casi espectral.

En la imagen, un hombre encapuchado, sentado frente a un fondo gris, recita con voz grave y pausada un mensaje dirigido a Grecia Quiróz,

viuda del alcalde Carlos Manzo, asesinado semanas atrás.

Su tono es frío, preciso, sin vacilar. Al final, solo queda el ruido del micrófono y el eco de un silencio que corta el aire: el sonido puro del miedo.

Ese video fue el punto de partida de una operación que destapó una red criminal tan sofisticada como perversa, una maquinaria en la que el miedo se produce, se graba y se paga como si fuera un producto político.

Al frente de la investigación: Omar García Harfuch, secretario de Seguridad federal, reconocido por sus operativos quirúrgicos contra el crimen organizado.

Todo comenzó con un detalle mínimo: una pequeña mancha de nacimiento visible en el cuello derecho del hombre encapuchado.

Los peritos ampliaron fotograma por fotograma y cruzaron datos biométricos con cientos de registros criminales. El resultado fue contundente: el hombre del video era Luis Fernando N, alias “El Chore”, sicario del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

La orden de captura fue inmediata. En una vivienda del norte de Uruapan, un grupo táctico irrumpió al amanecer. “El Chore” no opuso resistencia.

Cuando lo esposaron, murmuró apenas una frase: “Sabía que este día iba a llegar.” En su vehículo se hallaron dos teléfonos móviles, una laptop, un micrófono direccional y una cámara digital.

Pero lo más revelador fueron tres nuevos videos, grabados apenas 48 horas antes, con el mismo formato y fondo gris. En uno de ellos, su voz no había sido distorsionada.

Durante el interrogatorio, confesó haber recibido 25.000 pesos por cada grabación, pagados por un jefe regional conocido como “El Pariente”.

Las instrucciones eran simples: leer un guion impreso, sin improvisar. Cuando se le preguntó si comprendía lo que decía en los videos, respondió con una frialdad que heló la sala:

“Me pagan por leer, no por pensar.”

Esa frase se convirtió en símbolo de un nuevo tipo de criminal: el ejecutor profesional del miedo.

A partir de los datos encontrados en su teléfono, los analistas hallaron varios audios. En ellos, una voz distinta —tranquila, precisa, casi pedagógica— le daba instrucciones sobre tono, ritmo y encuadre.

En el fondo se escuchaban trenes y gallos, sonidos que llevaron a los agentes hasta Nueva Italia. Allí descubrieron al siguiente eslabón de la cadena: Raúl N, alias “El Relator”, un experiodista local reclutado por el CJNG.

“El Relator” había trabajado en un pequeño diario, hasta que su medio fue silenciado tras publicar reportajes sobre trata de personas. Poco después desapareció.

En su mochila, los agentes hallaron una cámara Canon profesional, un micrófono de solapa y una libreta. En la primera página, una lista de nombres. El primero: “GQ” —Grecia Quiróz.

Raúl N explicó que su trabajo no era solo filmar, sino “producir el efecto de terror controlado”. En sus propias palabras:

“No se grita, no se amenaza con rabia. Se habla como quien dicta una sentencia inevitable.”

Sin embargo, fue su testimonio el que destapó la capa más oscura del entramado. Reveló que los guiones llegaban desde Morelia, enviados por un hombre que se hacía llamar “El Consultor”, vestido de traje, que afirmaba ser asesor de seguridad.

Este individuo le pagó 20.000 pesos en efectivo y le entregó un número de cuenta vinculado a la empresa “Soluciones Estratégicas del Bajío”, una compañía fachada utilizada para lavar dinero de campañas políticas.

Con esa pista, Harfuch ordenó un operativo en un edificio de oficinas en Morelia. En una sala con carteles electorales antiguos, los agentes detuvieron a Santiago Nexasesor de comunicación de campañas locales.

En su computadora encontraron carpetas con guiones, nóminas y fotografías de figuras públicas, acompañadas de anotaciones como “riesgo de exposición”“neutralizar” o “controlar narrativa”.

Uno de los documentos más impactantes decía:

“Grecia Quiróz — símbolo de advertencia. Utilizar formato de declaración en cámara.”

La investigación reveló así una alianza impensable entre el crimen organizado y ciertos operadores políticos, una convergencia donde la imagen, la narrativa y el miedo se utilizan como herramientas de poder.

Los videos de amenaza no eran simples improvisaciones: eran una estrategia de comunicación estructurada, con guionistas, técnicos, productores y financistas.

Un criminólogo consultado en Ciudad de México lo resumió con crudeza:

“El narcotráfico ha comprendido que un video bien editado puede controlar más que cien balas. Ya no necesitan matar para silenciar: basta con producir miedo.”

El caso de “El Chore”, “El Relator” y “El Consultor” expuso una nueva forma de guerra en México: la guerra mediática del crimen.

La industria del terror funciona como una empresa —con contratos, pagos y objetivos— donde cada video es un mensaje cuidadosamente diseñado para sembrar pánico y callar voces.

Para Grecia Quiróz, esa maquinaria significó algo más que una amenaza personal: fue un intento sistemático de hacerla desaparecer del debate público, justo cuando empezaba a denunciar las conexiones entre el asesinato de su esposo y las redes de corrupción política local.

Durante la conferencia de prensa en la que se anunció la detención, Harfuch habló sin rodeos:

“Hemos arrestado asesinos antes. Pero los más peligrosos son los que fabrican el miedo, porque matan la verdad antes de que se dispare la primera bala.”

En un país donde la violencia se reinventa cada día, esta operación marcó un punto de inflexión. México enfrenta ahora un enemigo que no dispara balas, sino cámaras; que no empuña fusiles, sino micrófonos; que no derrama sangre, sino imágenes.

Y en medio de esa oscuridad, el nombre de Grecia Quiróz emerge como símbolo de resistencia. Una mujer que, pese a las amenazas, se negó a callar. Su historia demuestra que, aunque el miedo pueda ser producido, editado y financiado, la verdad no puede ser silenciada.

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