HARFUCH REVELA DECOMISO MASIVO tras la MU3RT3 de CARLOS MANZO en URUAPÁN

La historia comienza en una mañana cargada de polvo y silencio en Uruapan, cuando el sol apenas asomaba detrás de las montañas del oriente.

Decenas de vehículos blindados avanzaban sin sirenas ni luces, cruzando las carreteras rurales con una precisión casi fantasmal.

Nadie lo sabía entonces, pero México estaba a punto de presenciar una de las operaciones financieras más grandes y silenciosas en la historia moderna de Michoacán

—una ofensiva nacida del dolor, de la rabia y del asesinato brutal de Carlos Manso, el hombre al que muchos llamaban “el que nunca se rindió”.

Carlos Manso no era político ni soldado. Era empresario, líder social, y uno de los pocos que se atrevió a denunciar los vínculos entre el poder local y el crimen organizado.

Su muerte —a plena luz del día, frente a su esposa e hijo— fue un mensaje directo: “El que se levante, caerá.”
Pero ese acto cobarde se convirtió en el detonante de una respuesta sin precedentes.

Pocas horas después de su funeral, el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, emitió una orden corta, pero contundente:

“Sigan la pista del peso. Corten su oxígeno financiero.”

No se trataba de venganza con balas, sino de una cirugía económica, precisa y silenciosa.

La operación fue bautizada como “Cacería Implacable”. En cuestión de horas, los cateos simultáneos comenzaron en Uruapan, Taretan y las zonas industriales del Valle.

Las unidades tácticas irrumpieron en bodegas, ranchos y casas de seguridad. Lo que encontraron parecía salido de una película: máquinas contadoras de dinero industriales, bóvedas subterráneas y documentos cifrados con cuentas internacionales.

El botín inicial dejó al país sin aliento: más de 3 millones de dólares en efectivo, además de 50 millones de pesos cuidadosamente empaquetados al vacío.

“Era como abrir la bóveda de un banco clandestino”, confesó un oficial. “Tenían todo el sistema de conteo, sellado y transporte listo para mover dinero sucio en cuestión de horas.”

Pero junto al dinero, los agentes hallaron algo aún más escalofriante: un arsenal de guerra escondido en medio de los huertos de aguacate.

Seis rifles Barret calibre .50, más de 30 AK-47 y AR-15, una docena de granadas de fragmentación y cien mil cartuchos útiles.

Armas diseñadas no para defenderse, sino para derribar helicópteros y romper vehículos blindados. “No se estaban preparando para resistir,” dijo un militar, “se estaban preparando para atacar al Estado.”

La ofensiva no se limitó al dinero ni a las armas. En paralelo, los equipos de inteligencia localizaron y destruyeron cuatro laboratorios de drogas sintéticas de escala industrial, dedicados a producir fentanilo y metanfetamina.

En su interior, toneladas de precursores químicos provenientes de Asia, reactores de acero, centrífugas, hornos y prensas automáticas.

“Ya no eran cocinas improvisadas,” explicó un analista, “eran verdaderas fábricas de veneno.”

Sin embargo, el hallazgo más impactante no fue tangible. Estaba en los discos duros que la inteligencia logró descifrar. Dentro, se escondía una red de corrupción política y administrativa que actuaba como paraguas de impunidad para el crimen organizado.

Los archivos contenían listas de pagos mensuales a funcionarios, agentes municipales, policías estatales e incluso empleados de aduanas.

También se documentaban transferencias a empresas fachada dedicadas a la exportación agrícola y al transporte. “El narco no solo compra armas,” dijo un investigador, “compra silencio.”

Entre los archivos, uno sobresalía por su extensión: el expediente de Carlos Manso. Fotografías, rutas diarias, horarios, grabaciones interceptadas.

Todo demostraba que su ejecución fue planificada con precisión milimétrica durante meses. Harfuch lo calificó como “un asesinato con propósito, diseñado para infundir miedo a los honestos”.

Cuando la prensa preguntó por qué eligió atacar las finanzas en lugar de desplegar más tropas, Harfuch fue claro:

“Una bala mata a un hombre. El dinero compra a un gobierno. Por eso golpeamos donde más les duele.”

Según él, el crimen organizado no teme a las balas, teme a la ruina. Y tenía razón.

Semanas después de la operación, las estructuras criminales de Uruapan comenzaron a colapsar: sin fondos para pagar sicarios, sin sobornos que garantizaran protección, sin medios para traficar. La red se desmoronó desde adentro, asfixiada por su propio silencio.

Dos nombres se convirtieron en el símbolo del golpe: “El Gavilán”, supuesto autor intelectual del asesinato de Manso, y “El Contador”, cerebro financiero del cartel. Ambos fueron capturados en redadas coordinadas y trasladados a un centro federal de máxima seguridad.

Al presentar los resultados, Harfuch pronunció una frase que ya circula como advertencia en todo Michoacán:

“A partir de ahora, el miedo cambiará de lado.”

Anunció además que los fondos incautados serán destinados a fortalecer la policía y financiar programas sociales en las comunidades más afectadas. “No se trata solo de justicia para Manso,” afirmó, “sino de justicia para todo un pueblo que aprendió a vivir con miedo.”

La operación marcó un punto de inflexión. Por primera vez en años, los ciudadanos de Uruapan comenzaron a sentir que el Estado no solo observa, sino que actúa.

Un agente que participó en la redada final lo resumió con una frase que muchos repetirán:

“Manso murió. Pero su muerte salvó a toda una ciudad.”

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