Hay historias que solo comienzan cuando el protagonista ya no está. Y hay verdades que, cuando finalmente se cuentan,
ya no pueden salvar nada, salvo obligar a los que quedan a enfrentar un dolor más profundo. El caso de Yeison Jiménez avanza exactamente por ese camino.
En los últimos días, las declaraciones de su madre han sacudido a la opinión pública colombiana. No se trata solo del testimonio de una mujer que perdió a su hijo, sino de la revelación de un detalle que hasta ahora permanecía oculto: Yeison Jiménez vivió bajo la sombra de amenazas antes de su muerte.
No eran mensajes violentos, ni insultos, ni exigencias. Eran apenas dos palabras repetidas con una frialdad inquietante: “Cuídese”.

Una frase breve que, al llegar una y otra vez en momentos inusuales, dejaba de ser un consejo para convertirse en una advertencia.
Según relató su madre, muchas llamadas llegaban de madrugada. Cuando Yeison contestaba, al otro lado solo había silencio.
A veces se escuchaba una respiración. Otras veces la llamada se cortaba de inmediato. Los números no podían rastrearse, no tenían identidad, no dejaban huella.
Para un artista con experiencia en el mundo público, Yeison entendía que aquello no era casualidad.
No entró en pánico, pero tampoco lo ignoró. A partir de ese momento, comenzó a cambiar.
Se volvió más reservado, más cuidadoso con sus palabras, más selectivo con sus relaciones. Ajustó sus horarios, acortó viajes, evaluó cada aparición pública. Empezó a observar con atención cada mirada, cada gesto, cada presencia a su alrededor.
El cambio no fue escandaloso, pero sí evidente para quienes lo conocían de cerca. Yeison ya no era el joven despreocupado que reía con facilidad.
En su rostro se instaló una tensión silenciosa, como si siempre estuviera preparado para algo que solo él podía percibir.
Lo más doloroso es que eligió callar.
No acudió a la policía. No habló con la prensa. No lo publicó en redes sociales. Temía que hacerlo atrajera más problemas y, sobre todo, que expusiera a su familia a un miedo innecesario. Pensó que el silencio era una forma de protección.

Era la decisión de un hombre acostumbrado a los escenarios, pero dispuesto a enfrentar el temor en soledad.
La única persona con quien habló fue su madre.
En una conversación íntima, le confesó que se sentía inseguro. Pero enseguida sonrió, tratando de restarle importancia. Le dijo que quizá eran mensajes sin sentido. Le pidió que no comentara nada con el resto de la familia para evitar preocupaciones.
Su madre le creyó. Respetó su privacidad. Guardó silencio.
Hoy, ese silencio se ha convertido en su mayor tormento.
Se pregunta si debió insistir más, si debió hacer más preguntas, si debió exigirle que buscara ayuda. Pero esas preguntas ya no pueden cambiar nada.
Frente a ella solo queda el recuerdo de un hijo que intentó ocultar su miedo para proteger a quienes amaba.

Tras la muerte de Yeison, las piezas comenzaron a aparecer. Relatos. Videos. Mensajes recordados. Cada detalle, al unirse con otros, conducía a la misma pregunta: ¿fue todo una trágica coincidencia o hay algo que aún no se ha dicho?
Hasta ahora, no existe ningún pronunciamiento oficial de las autoridades que confirme que Yeison Jiménez estaba siendo amenazado.
No hay informes públicos, no hay investigaciones concluyentes, no hay respuestas jurídicas claras. Ese vacío es el que alimenta la desconfianza.
La opinión pública empieza a mirar sus últimos días con otros ojos. A preguntarse por su verdadero estado emocional. A cuestionar cómo un artista exitoso y querido pudo vivir con una inquietud tan profunda.

Para el público, Yeison Jiménez era sinónimo de fuerza, perseverancia y esperanza. Él mismo decía que no venía de la riqueza, sino del trabajo. Representaba a quienes soñaban con salir adelante desde la dificultad.
Pero detrás de las luces del escenario, era un hombre que cargaba un miedo que no podía compartir.
Eligió proteger a su familia con silencio. Eligió enfrentar solo sus preocupaciones. Y hoy, esa decisión deja a los que quedan atrapados en la incertidumbre.
Su madre no acusa a nadie. No habla de conspiraciones. Solo afirma una cosa: su hijo tenía miedo. Y ese miedo era real.
En cada una de sus palabras se percibe no solo dolor, sino también arrepentimiento. Arrepentimiento por no haber sido más firme. Por haber creído que todo se resolvería. Por haber permitido que su hijo enfrentara sus temores en soledad.

Hoy, la historia de Yeison Jiménez ya no es solo una pérdida para la música colombiana. Es un recordatorio de lo que puede esconderse detrás del éxito. De que la fama no garantiza seguridad. De que los más fuertes, muchas veces, son los que más sufren en silencio.
Las palabras “cuídese” ahora resuenan como un eco tardío. Ya no son una advertencia, sino un recuerdo doloroso. Un recordatorio de que hay peligros que nunca se muestran con claridad, pero que pueden cambiar un destino para siempre.
Para su madre, cada noche no es solo nostalgia. Es también una pregunta sin respuesta. Si aquel día no hubiera callado. Si hubiera preguntado una vez más. Si no hubiera creído en la sonrisa tranquilizadora de su hijo, ¿habría sido diferente el final?
Nadie puede responder.
Solo queda la certeza de que, cuando la verdad aparece, ya no puede salvar, sino únicamente revelar con mayor claridad un desenlace que no se pudo evitar. Y en la historia de Yeison Jiménez, su madre es quien conserva las últimas piezas de ese rompecabezas. Un rompecabezas que, al completarse, no alivia, sino que duele más.
Por eso, aunque la historia aún tenga vacíos, sigue siendo imposible de ignorar. Porque detrás del artista, del escenario y de los aplausos, hubo un hombre que tuvo miedo, que guardó silencio y que trató de proteger a su familia con la soledad de su propia carga.