No fue el instante del impacto lo que selló el destino de Roberto Hernández.
Lo que hoy sacude a la opinión pública y provoca indignación es el trayecto que vino después, más de un kilómetro en el que el silencio del conductor se convirtió en un factor decisivo entre la vida y la muerte.
En este caso, cada metro recorrido no fue solo distancia física, sino una cadena de decisiones que plantea una pregunta incómoda sobre responsabilidad, ética y el verdadero límite entre un accidente y un crimen.
La noche de los hechos, Roberto salió de casa con una rutina conocida. Iba a recoger a su pareja al terminar su jornada laboral, siguiendo un camino habitual, sin señales de peligro.

El cruce de Anillo Periférico y Eje 6 Sur, donde comenzó la tragedia, es una zona de tráfico constante, con semáforos, señalización y circulación continua de vehículos. Fue ahí donde un automóvil Honda City azul impactó la motocicleta de Roberto.
Los primeros segundos podrían describirse como un choque, pero lo ocurrido después transformó por completo el sentido del suceso.
El golpe lanzó a Roberto al asfalto y lo dejó atrapado bajo el vehículo. En la mayoría de los accidentes, ese momento suele ir acompañado de una frenada brusca y de intentos por auxiliar a la víctima. En este caso, el automóvil no se detuvo.
Continuó avanzando, arrastrando un cuerpo que se deslizaba contra el pavimento. De acuerdo con información recabada durante la investigación, la distancia recorrida superó el kilómetro, atravesando calles rectas, curvas y cruces con semáforos.

Testigos relataron haber escuchado un ruido metálico persistente, imposible de ignorar. Algunos conductores tocaron el claxon de manera insistente para alertar al responsable. Ese detalle se ha convertido en el centro del debate.
Resulta difícil sostener que, durante todo ese trayecto, el conductor no percibiera que algo anormal ocurría bajo el automóvil. Si existió conciencia de un obstáculo y aun así se decidió seguir avanzando, el hecho deja de ser un simple error involuntario.
El recorrido terminó cuando el vehículo pasó sobre un tope en la calle Ingeniero Félix. Fue ese obstáculo el que provocó que el cuerpo de Roberto se liberara del automóvil.
Para muchos, este punto resulta especialmente perturbador, ya que refuerza la idea de que el auto no se detuvo por un acto de humanidad, sino por una condición física del camino.

La pregunta inevitable es cuánto más habría avanzado el vehículo si no se hubiera encontrado con ese tope.
Tras dejar a Roberto tendido en el asfalto, el conductor no regresó, no pidió ayuda médica ni dio aviso a los servicios de emergencia.
El automóvil fue localizado más tarde en otra zona, abandonado, sin placas y sin ocupantes. El hecho de huir del lugar y dejar el vehículo reforzó la percepción de que no se trataba solo de un accidente, sino de una conducta orientada a evadir responsabilidades.
La identificación del propietario del vehículo añadió un elemento que intensificó la indignación pública. El auto estaba registrado a nombre de una mujer que trabaja como enfermera.
La aparente contradicción entre una profesión dedicada al cuidado de la vida y la omisión de auxilio a una persona herida generó un fuerte rechazo social.

No obstante, las autoridades han subrayado que la titularidad del vehículo no implica automáticamente que esa persona fuera quien lo conducía en el momento del suceso.
Determinar quién estaba al volante es una de las tareas centrales de la investigación, apoyada en grabaciones de cámaras y análisis periciales.
Mientras se esclarecen los hechos, la reacción social no se ha hecho esperar. Grupos de motociclistas y ciudadanos se manifestaron en distintas vialidades para exigir justicia.
Su reclamo principal es que Roberto no murió de forma inmediata tras el impacto, sino después de varios minutos de ser arrastrado, lo que convierte el desenlace en el resultado de una serie de decisiones y no de un solo instante fatal.
Especialistas en derecho penal han señalado que la ley no evalúa únicamente el primer acto, sino el conjunto de acciones posteriores.

Cuando una persona percibe una situación anormal provocada por su vehículo y aun así continúa su marcha, la negligencia puede transformarse en una forma de dolo eventual. El abandono del lugar y la falta de auxilio agravan aún más la posible responsabilidad penal.
Para la familia de Roberto, el proceso legal no compensa la pérdida, pero representa la única vía para conocer la verdad. Insisten en que su muerte no fue inmediata y que hubo múltiples oportunidades para detenerse y salvarle la vida.
Esa insistencia refleja una preocupación más amplia sobre la seguridad vial y la conducta humana en momentos de crisis.
Este caso ha obligado a la sociedad a reflexionar sobre lo que ocurre después de un accidente. El miedo y la confusión pueden explicar un error inicial, pero cuando el tiempo se prolonga y las decisiones continúan, la frontera entre el pánico y la indiferencia se vuelve difusa.
Roberto Hernández se ha convertido en un símbolo de esa frontera, marcada por la ausencia de una sola acción: frenar.
A la espera de una resolución oficial, la historia ya ha dejado una huella profunda. Es un recordatorio de que, en la carretera, una decisión puede cambiarlo todo. Y que, en ocasiones, lo que más indigna no es el choque, sino el silencio que lo siguió durante más de un kilómetro.