Madre de Carlos Emilio denuncia nulos avances en la investigación

Mazatlán, Sinaloa — La tarde del 25 de octubre, el Malecón de Mazatlán —habitualmente lleno de turistas, música y risas— se transformó en un escenario de duelo y resistencia.

Bajo el sol poniente, decenas de familias caminaron en silencio, sosteniendo fotografías, pancartas y velas encendidas.

No era una simple marcha: era un grito colectivo contra el olvido, una exigencia de verdad que resonaba entre el sonido del mar y el eco de la indignación.

Al frente del contingente estaba Brenda Valenzuela Gil, madre de Carlos Emilio, un joven estudiante de 22 años desaparecido el 5 de octubre. Su voz temblaba, pero sus palabras eran firmes:

“Hemos esperado demasiado. La investigación no avanza, no hay resultados, no hay explicaciones. Mi hijo no puede simplemente desaparecer en el silencio.”

Para Brenda, la marcha no es un acto individual de desesperación, sino un movimiento legítimo y colectivo. Reunió a familias de Mazatlán, Durango y otras regiones, todas unidas por la misma herida y el mismo propósito: romper el miedo y hacerse visibles ante las autoridades.

“No buscamos confrontar a nadie —dijo—. Queremos ser vistas, queremos que el gobierno sepa que existimos, que nuestro dolor no es invisible. Es momento de transformar el miedo en fuerza.”

El recorrido comenzó en el cruce de la avenida Insurgentes con el Malecón y avanzó hacia Valentinos, el punto turístico donde se encuentran las letras coloridas de “Mazatlán”.

Ese lugar, símbolo de alegría y postal para los visitantes, se convirtió por unas horas en un altar improvisado, cubierto de retratos y veladoras.

Allí, mientras caía la noche, los asistentes realizaron un pase de lista de las personas desaparecidas: “Víctor Manuel Hernández… Manuel… Óscar Aguilar…”
Cada nombre fue respondido al unísono con un grito firme:

“¡Presente, ahora y siempre!”

Eran voces que rompían la resignación. Cada nombre pronunciado era un acto de resistencia, una afirmación de que los ausentes siguen vivos en la memoria de sus familias.

Las pancartas escritas a mano resumían el mensaje que un país entero debería escuchar:

Se los llevaron vivos, y vivos los queremos.
Ni uno más, ni un desaparecido más.
No hay desarrollo, ni turismo, ni progreso sobre el dolor de las familias.

Una madre llegada desde Durango encendió su vela y murmuró con voz quebrada:

“No estamos contra México. Solo queremos que México no olvide a nuestros hijos.”

Los manifestantes insistieron en que buscar a los desaparecidos no es un favor del Estado, sino una obligación constitucional. Reclamaron el derecho de cada ciudadano mexicano a vivir sin miedo, a saber la verdad, y a confiar en una justicia que hasta ahora parece ausente.

El momento más emotivo llegó con la ceremonia final de encendido de velas. Decenas de llamas temblorosas iluminaron los rostros cansados, reflejando tanto dolor como determinación. Brenda, con la mirada fija en el horizonte, pronunció una frase que se repetiría al día siguiente en toda la prensa local:

“Mientras haya una vela encendida, México no podrá dormir en paz. Cada llama es amor que no se rinde, fe que no se apaga.”

A lo lejos, algunos transeúntes se detuvieron. Otros miraron sin saber cómo reaccionar. Pero todos comprendieron que aquella escena —madres de pie frente al mar, desafiando la oscuridad— era más poderosa que cualquier discurso político.

La marcha terminó sin disturbios, sin consignas violentas, pero con una fuerza innegable. Fue la expresión de un país cansado de la indiferencia, un llamado a las autoridades para que la justicia no siga archivada en expedientes olvidados.

Antes de retirarse, Brenda prometió volver a la Fiscalía General del Estado para exigir que se “desbloquee la investigación” de su hijo.

“No puedo quedarme quieta. Si me detengo, es como aceptar que mi hijo no volverá, y jamás aceptaré eso.”

Al final del día, solo quedaron las velas consumidas reflejadas en el agua del Pacífico. Nadie sabe cuándo llegará la justicia, pero lo que sí es seguro es que el silencio ha sido roto.

La marcha de las madres de Mazatlán no fue solo una protesta: fue una declaración moral y política. Un recordatorio de que el dolor también tiene voz, de que la verdad no se entierra con los desaparecidos, y de que en cada pequeña llama encendida aún arde la esperanza de que México algún día despierte y mire de frente a sus hijos perdidos.

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