MADRE DE ROBERTO HERNANDEZ PIDE JUSTICIA

La mañana en que Roberto Hernández salió de casa no hubo señales de tragedia. Se despidió como cualquier otro día, habló con su madre, abrazó a sus hijos y prometió volver temprano. Horas después, su familia recibió una noticia devastadora.

La muerte de Roberto fue descrita de inmediato con una fórmula breve y fría:

accidente de tránsito. Para su madre, esa palabra no cerró nada. Fue el inicio de una lucha para devolverle a su hijo la verdad que, según ella, se le negó desde el primer momento.

En su memoria, Roberto nunca fue un hombre de dinero ni de influencias. Fue un trabajador común que vivió de su esfuerzo y de una convicción simple: el trabajo honesto sostiene a una familia. Para ella, era el único apoyo. Jamás faltaron los medicamentos, la comida ni una consulta médica.

No cuidaba por obligación, sino por amor. Esa presencia constante es la imagen que la madre repite cuando habla de él, una imagen que choca con la frialdad con la que se quiso cerrar el caso.

Como padre de tres niños, Roberto enseñaba sin discursos. Su ejemplo era la rutina diaria, el regreso cansado al anochecer y el tiempo que aún encontraba para preguntar por la escuela y recordar a sus hijos que la dignidad se construye con esfuerzo.

No hablaba de sacrificio, lo practicaba. Esa vida sencilla, dice su madre, hace más incomprensible la forma en que terminó.

El día de la tragedia, Roberto salió tranquilo. No huía de nadie, no discutía con nadie. Su único objetivo era cumplir con el trabajo y regresar a casa.

Esa normalidad es, para su familia, la prueba más dolorosa de que no se trató de un infortunio inevitable, sino de una cadena de decisiones humanas.

Al principio, la familia fue informada de que Roberto había sido atropellado. Sin embargo, los videos que circularon después en redes sociales cambiaron por completo la percepción del hecho.

Roberto no solo fue impactado; fue arrastrado bajo el vehículo mientras la conductora continuaba avanzando.

Para la madre, ese instante transformó a su hijo en una imagen viral y convirtió un duelo íntimo en un espectáculo público.

Ella insiste en que el mayor dolor no proviene de las imágenes, sino de la indiferencia que reflejan. No detenerse tras el impacto, afirma, no es solo una falta legal, es la negación del valor de una vida.

Subraya además que la persona al volante era una mujer, alguien que también podría ser madre o hija, y que por ello debería comprender el deber de proteger la vida ajena.

En medio del duelo, la madre habla de perdón, pero lo hace con una precisión que evita equívocos. Perdonar, explica, es una decisión personal para no quedar atrapada en el rencor.

No significa callar, no significa huir, ni cambiar de nombre para desaparecer. La paz verdadera, sostiene, solo llega cuando quien causó la muerte enfrenta la ley y asume su responsabilidad.

Desde su casa, su voz llegó a un plano nacional. La madre dirigió un llamado directo a las autoridades. Pidió a la presidenta Claudia Sheinbaum que el caso no se pierda entre expedientes y que se demuestre que la vida de un trabajador vale tanto como cualquier otra.

Exigió también acciones firmes del responsable de seguridad Omar García Harfuch para localizar a la persona responsable y enviar un mensaje claro: nadie puede escapar después de arrebatar una vida.

El mensaje no se limitó a los despachos oficiales. La madre habló a la comunidad y, en especial, a quienes se desplazan en motocicleta.

Les pidió cuidarse más, no por miedo, sino por conciencia, porque no siempre los demás están dispuestos a detenerse y ayudar.

No fue una advertencia cargada de reproches, sino el consejo amargo de quien aprendió demasiado tarde cuán frágil puede ser la vida en la vía pública.

Las consecuencias del fallecimiento de Roberto se sienten cada día en su familia. Sus tres hijos perdieron al guía y al sustento principal.

Su esposa enfrenta el duelo y, al mismo tiempo, la incertidumbre económica. En la casa, Roberto sigue presente en los recuerdos y en las historias, pero su ausencia pesa en cada decisión cotidiana.

Para la madre, el mayor temor es que la historia de su hijo se diluya y se convierta en una cifra más. Cree que aceptar la etiqueta de accidente sería permitir que mañana otra familia atraviese el mismo dolor sin respuestas ni responsabilidades claras.

Por eso insiste en repetir su mensaje. No habla solo por Roberto Hernández. Habla por todas las familias trabajadoras que esperan una justicia que no se compre con silencio ni con privilegios.

En ese reclamo, el caso se convierte en una prueba para el sistema. Una sociedad, dice, solo puede llamarse justa cuando ninguna vida es tratada como un daño colateral y cuando la responsabilidad no se negocia con el olvido.

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