No fue el sonido de un freno ni un grito de auxilio lo que estremeció a millones de personas, sino el silencio.
El silencio de un automóvil azul que seguía avanzando mientras el cuerpo de un hombre quedaba atrapado bajo el chasis.
Desde ese instante, el caso de Roberto Hernández dejó de ser un simple accidente de tránsito y se convirtió en una pregunta incómoda sobre la frontera entre el error y el crimen.
La noche del 3 de enero, Roberto Hernández, de unos 40 años, repartidor de productos lácteos, regresaba para encontrarse con su esposa.

Era un trayecto habitual, sin presagios de tragedia. En el cruce de Eje 6 Sur y Anillo Periférico, una Honda City azul lo embistió por detrás. El impacto no solo lo lanzó al asfalto, sino que arrastró su motocicleta y su cuerpo bajo el vehículo.
Las cámaras de seguridad registraron cada segundo. Durante los primeros instantes, muchos aún esperaban ver al conductor detenerse. Pero eso nunca ocurrió.
El automóvil continuó avanzando, arrastrando a la víctima más de un kilómetro entre el tráfico. Al pasar por un tope, la motocicleta salió despedida, pero el cuerpo de Roberto quedó atrás, inmóvil, mientras el vehículo seguía su camino.
Ese momento marcó un antes y un después en la percepción pública. Para la opinión general, ya no se trataba de un choque fortuito.
No detenerse, no pedir ayuda, no llamar a emergencias transformó el hecho en algo mucho más grave. Para muchos, Roberto no murió solo por el impacto, murió por el abandono.
Las imágenes posteriores reforzaron esa sensación. Otro video muestra a la mujer llegar a su casa, guardar el auto con calma y entrar como si nada hubiera ocurrido.
Luego, desapareció. No hubo reporte a las autoridades, no hubo intento de auxilio, no hubo explicación inmediata.
Cuando los investigadores localizaron el vehículo en el municipio de Nezahualcóyotl, este ya no tenía placas y presentaba golpes evidentes. Para la Fiscalía, no se trataba únicamente de pánico, sino de un intento claro por borrar huellas.
Los vecinos describieron a la sospechosa como una persona tranquila, reservada, sin conflictos visibles. Esa imagen contrastó brutalmente con lo registrado por las cámaras.

Algunos interpretaron su conducta como el resultado de un colapso emocional. Otros, en cambio, rechazaron esa versión y afirmaron que ningún estado de shock puede justificar más de un kilómetro sin frenar.
Cuando el caso ya había generado indignación nacional, apareció un nombre que lo llevó a otro nivel mediático: Imelda Tuñón. Viuda del actor Octavio Ocaña, Imelda publicó un mensaje que se volvió viral en cuestión de minutos: Roberto no murió, Roberto fue asesinado.
Para miles de personas, esa frase expresó lo que muchos sentían y no sabían cómo decir. Para otros, fue una acusación demasiado fuerte en un proceso que aún estaba en investigación.
Desde entonces, el caso dejó de ser solo jurídico y se convirtió en un debate social sobre el derecho a opinar, la responsabilidad pública y los límites de la justicia mediática.

Quienes apoyan a Imelda aseguran que sin voces firmes, el expediente habría quedado en el olvido, como tantos otros accidentes.
Quienes la critican advierten que etiquetar el hecho como homicidio antes de una sentencia puede dañar la objetividad del proceso.
Mientras tanto, los repartidores y motociclistas decidieron hablar con sus propios pasos. Marchas, bloqueos y concentraciones se multiplicaron para exigir justicia por Roberto Hernández.
En pancartas y camisetas, su rostro se convirtió en símbolo de una profesión expuesta y de una vida que terminó sin explicación.
Para muchos de sus compañeros, Roberto no fue solo una víctima, fue el reflejo de miles de trabajadores que cada día salen a la calle sin garantías reales de regresar con vida. La indignación dejó de ser individual y pasó a ser colectiva.

En el plano legal, la orden de captura fue ejecutada y la mujer permanece detenida. Trascendió que su familia intentó acercarse a los familiares de la víctima para buscar un acuerdo, pero la propuesta fue rechazada con firmeza. En la opinión pública, este caso no podía resolverse con dinero ni con silencios.
Especialistas en derecho señalan que no auxiliar a la víctima y huir del lugar puede agravar significativamente la responsabilidad penal.
Si se demuestra que la conductora fue consciente de lo ocurrido y aun así decidió continuar, el escenario jurídico se vuelve mucho más severo.
Pero más allá de los expedientes, permanece el dolor. Roberto Hernández murió sin llegar a casa, sin abrazar a su esposa, sin despedirse.
Para su familia, cada reproducción del video no es solo una prueba, es una herida que se reabre.

Por eso, este caso ya no pertenece únicamente a los tribunales. Es un espejo incómodo para la sociedad. Obliga a preguntarse qué haríamos nosotros en un segundo de pánico, si enfrentaríamos la verdad o si elegiríamos huir.
Mientras el nombre de Imelda Tuñón sigue dividiendo opiniones, mientras las marchas continúan y el juicio aún no inicia, la historia de Roberto Hernández permanece abierta.
No solo como un expediente, sino como un recordatorio doloroso de que una sola decisión puede cambiar para siempre el destino de muchas vidas.
Y hasta que la justicia hable con claridad, la pregunta seguirá resonando en la conciencia colectiva: si ese auto hubiera frenado, si alguien hubiera pedido ayuda, si hubiera existido un instante de valentía, acaso esta tragedia todavía existiría.