ROMPE EL SILENCIO ESTELA, LA MAMÁ DEL TRIPLE CRIMEN

En una pequeña habitación del conurbano bonaerense, donde aún flota el aroma del perfume adolescente y las fotos de Lara sonríen desde las paredes, Estela se sienta frente a una camiseta con la imagen de su hija. En el pecho, una frase reza: “Cuiden a mi mamá”.

No es solo una prenda, es un grito que atraviesa el silencio —un llamado de justicia por un crimen que estremeció a toda la Argentina: el triple femicidio que arrebató la vida de tres jóvenes.

Hoy, Estela decide hablar. Su voz tiembla, pero cada palabra lleva la fuerza de una madre que se niega a rendirse ante el dolor y la impunidad.

Aceptar la muerte de su hija, dice, es imposible. Cada mañana entra en la habitación de Lara, besa el osito de peluche que la niña solía abrazar y susurra su nombre, como si en cualquier momento fuera a volver.

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Pero detrás de esa quietud hay una tormenta de indignación. Estela no solo llora por Lara, sino también por Brenda y Morena, las otras dos chicas asesinadas. “No queremos lástima, queremos justicia”, afirma con firmeza.

Su llamado a la sociedad es claro: dejar de juzgar, dejar de repetir mentiras y calumnias. En redes sociales, los rumores y las fotos manipuladas destrozaron aún más a las familias.

Algunos decían que Lara “llevaba una vida de adulta” o incluso la difamaban como prostituta. Estela responde con rabia contenida: “Mi hija era una niña buena. Trabajé día y noche para mantener a mis hijos. Nunca le enseñé nada malo. No la crié para eso.”

Lara, según su madre, era alegre, extrovertida y amaba el fútbol. Jugó para el club Chicago cuando tenía 12 años. A sus 15, estaba descubriendo el mundo.

Su fiesta de cumpleaños fue un sueño familiar: todos colaboraron para regalarle una noche mágica. Después de aquel festejo, Lara empezó a salir más, a visitar amigas, a quedarse en casa de su abuela en Tablada. Pero en esos días de libertad adolescente, el destino ya la acechaba en silencio.

Estela recuerda que su hija se había hecho amiga de Brenda y Morena, las otras víctimas. Eran inseparables, compartían risas y secretos. Hasta que una tarde desaparecieron. La búsqueda fue lenta, desesperante.

“Durante el fin de semana nadie hizo nada. Recién el lunes comenzaron a moverse”, relata Estela con los ojos húmedos.

Cuando llegó la noticia del hallazgo, el mundo se le vino abajo. Pero en lugar de hundirse, se levantó. Se puso la camiseta con los rostros de las tres chicas —no como símbolo de duelo, sino como bandera de lucha.

La abogada de la familia reveló detalles alarmantes sobre la investigación: contradicciones, demoras, y pruebas omitidas.

Estela está convencida de que aún hay responsables libres. El crimen, dice, no fue un simple acto de violencia, sino parte de una red organizada.

Se incautaron varios vehículos —un Tracker, un Renault, un Chevrolet— lo que apunta a una estructura delictiva más grande. Sin embargo, el motivo sigue siendo un enigma.

Mientras los medios hablaban de una “venganza narco”, la madre y su abogada aseguran que no se encontró ni un gramo de droga.

“El expediente no menciona narcotráfico. No hay decomisos. No hay evidencia”, insiste la letrada. Entonces, ¿por qué insistir con esa versión? ¿A quién conviene desviar la atención?

Los nombres de Pequeño J y Osorio ocupan los titulares, pero para Estela son solo piezas de un tablero más complejo.

Pequeño J, acusado de ser el autor intelectual, podría ser —según la abogada— un chivo expiatorio. Y Osorio, un hombre con trabajo formal y deudas menores, no encaja en el perfil de un narco.

Lo más inquietante es la aparición de testigos “caídos del cielo”, cuyos relatos parecen construidos para cerrar el caso rápidamente. “Nos quieren hacer creer una historia cómoda, pero no la verdadera”, advierte Estela.

Pese a todo, ella no se rinde. No toma medicación, no se refugia en el alcohol ni en la desesperanza. “Tengo que ser fuerte por mis otros hijos”, dice. Cada noche reza en silencio, convencida de que el espíritu de Lara la acompaña y le susurra: “Mamá, no te detengas.”

La historia de Estela trasciende su tragedia personal. Es la voz de miles de madres argentinas que claman justicia en un país donde el dolor femenino muchas veces se invisibiliza.

Ella no busca fama, busca verdad. Y la verdad, cuando finalmente emerge, tiene el poder de desnudar a toda una sociedad.

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