Sasha Sokol: El Hombre Que La Destruyó… Y México Calló Durante Décadas

Sasha Sokol tenía apenas catorce años cuando el mundo que había construido se quebró. No fue por la fama repentina, ni por los estadios llenos, ni por los millones de discos vendidos con Timbiriche. Fue por un hombre.

Luis de Llano Macedo, productor de cuarenta años, ejecutivo poderoso de Televisa, figura intocable en la industria del entretenimiento mexicano. El hombre que decidía qué artista brillaba y cuál desaparecía antes de empezar. Ese hombre la miró, la eligió, y la convirtió en su presa.

Durante casi cuatro años, Sasha vivió una relación que él llamaba “romance”. Pero no era romance. Era manipulación, era abuso, era poder disfrazado de privilegio. Y México lo supo. Pero calló.

La historia empieza con una niña que soñaba con cantar. A los once años fue seleccionada para Timbiriche, el grupo infantil más grande de Latinoamérica. Seis niños que llenaban estadios, que aparecían en cada revista, que eran moldeados como productos perfectos de Televisa. Sasha era una de ellos. Una niña que confiaba en los adultos que la rodeaban.

Luis de Llano era uno de esos adultos. No la cuidó. La sedujo. Le dijo que era especial, que él veía algo en ella que nadie más veía. Le hizo creer que tenía la culpa. “Eres tan seductora que no pude evitarlo”, le dijo. Y ella le creyó.

Durante casi cuatro décadas, Sasha cargó con esa frase como si fuera verdad. Como si ella hubiera provocado lo que le hicieron. Como si su cuerpo de niña fuera responsable de los actos de un hombre adulto.

Su padre adoptivo, Fernando Díez Barroso, intentó protegerla. Pero cuando descubrió la relación, no castigó al productor. La desadoptó. Sasha tuvo que inventar esa palabra. “Desadoptar” no existe en el diccionario. Pero existe en su historia. El hombre que la había elegido por amor, que le había dado su apellido, la soltó por vergüenza.

Y ella se quedó sola. Sola con el productor que seguía cerca, que seguía controlando su carrera, que seguía siendo intocable. Sola con una madre que tuvo que aceptar lo inaceptable para no perderla. Sola con una culpa que no era suya. Sola con un secreto que todos conocían pero nadie nombraba.

En Televisa, todos sabían. Los productores, los ejecutivos, los compañeros. Era un secreto a voces. Pero nadie hizo nada. Nadie la protegió. Nadie se enfrentó al hombre poderoso.

La relación duró casi cuatro años. Desde los catorce hasta los dieciocho. Los años más importantes de la formación de una persona. Los que deberían ser de descubrimiento, de primeras experiencias con gente de su edad. Ella los pasó en secreto, mintiendo, cargando culpa, escondiéndose de su familia, protegiendo a su abusador.

El precio fue devastador. Sasha cayó en la bulimia, en la cocaína, en el silencio. Durante cinco años, de los 18 a los 23, se destruyó por dentro mientras fingía estar bien por fuera. “Prácticamente me despertaba solo para aspirar cocaína y poder funcionar”, confesó años después.

Hasta que tocó fondo. Se fue a Estados Unidos, a rehabilitación, a reconstruirse sin cámaras, sin fama, sin máscaras. Y lentamente, muy lentamente, empezó a sanar.

Pero el silencio seguía. Porque cada vez que Luis de Llano daba una entrevista, hablaba de su “romance” con Sasha. Minimizaba la duración, decía que fueron seis meses. Minimizaba las edades, decía que ella era casi adulta. Minimizaba el daño, decía que fue amor. Y ella callaba.

Hasta marzo de 2022.

Jordi Rosado publicó una entrevista con Luis de Llano. Él habló de Sasha como si fuera una anécdota. “Pobrecita niña”, dijo con sarcasmo. Y algo se rompió. No de tristeza. De claridad.

Sasha vio al abusador sin filtros, sin adornos, sin excusas. Y decidió hablar.

Nueve horas después de ver la entrevista, publicó un hilo en Twitter. “Escribo esto llorando”, comenzó. Contó todo. La edad que tenía: 14. La edad que él tenía: 39. La manipulación, la culpa, la desadopción, los años perdidos. Sin eufemismos. Sin proteger a nadie.

México se detuvo. Más de 200,000 reacciones en horas. Medios, artistas, mujeres anónimas. Todas la escucharon. Todas se reconocieron. Todas agradecieron. “Gracias por darnos permiso”, le escribieron. Porque su voz abrió puertas que llevaban décadas cerradas. Porque su historia no era solo suya. Era de miles.

La denuncia pública se convirtió en un terremoto cultural. Por primera vez, una artista de su nivel señalaba con nombre y apellido a un agresor. Con fechas exactas, con detalles verificables, sin ambigüedades. El país tuvo que mirarse al espejo.

Pero la justicia penal no llegó. El delito había prescrito. Treinta y ocho años eran demasiados para la ley. La ley decía que había llegado tarde. Que el tiempo para denunciar ya había pasado. Que no importaba lo que le hubieran hecho, el reloj legal había terminado.

Sasha no se detuvo. Presentó una demanda civil por daño moral. No podía encarcelarlo, pero podía señalarlo. Podía decir que lo que él había hecho había destruido su dignidad. Podía obligar a la sociedad a escuchar.

El caso abrió un debate nacional. ¿Por qué la ley protege más al agresor que a la víctima? ¿Por qué el tiempo borra los crímenes? ¿Por qué la sociedad normaliza lo que debería condenar?

La historia de Sasha es la historia de un país que calló. De una industria que protegió a los poderosos. De una familia que no supo cómo manejarlo. De una niña que cargó con culpas que no eran suyas.

Es también la historia de una mujer que sobrevivió. Que reconstruyó su vida. Que encontró el amor en Alejandro Soberón Curi, un hombre que la eligió como igual. Que decidió romper el silencio en el Día Internacional de la Mujer.

Su voz se convirtió en un permiso colectivo. Miles de mujeres hablaron. Miles de historias salieron a la luz. El eco de su denuncia sigue resonando.

Porque lo que le pasó a Sasha no fue un caso aislado. Fue el reflejo de un sistema. Un sistema que durante décadas permitió que hombres poderosos abusaran de niñas y mujeres sin consecuencias. Un sistema que culpaba a las víctimas. Un sistema que callaba.

Hoy, su historia sigue siendo un recordatorio. Que el silencio protege al agresor. Que la culpa nunca es de la víctima. Que la justicia no puede depender de un reloj.

Nunca es tarde para decir la verdad. Nunca es tarde para romper el silencio. Nunca es tarde para nombrar lo innombrable.

¿Y tú? ¿A quién estás protegiendo con tu silencio?

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