No hubo música, no hubo luces de escenario, no hubo multitudes. El último adiós a Yeison Jiménez,
una de las voces más queridas de Colombia, se realizó en un silencio tan profundo que terminó convirtiéndose en el detalle más impactante de toda la despedida.
Ese mismo silencio es el que hoy sigue generando preguntas, debate y una sensación de vacío que el país aún no consigue superar.
La mañana del martes 3 de enero, en la funeraria Jardines del Recuerdo, en Boyacá, la familia de Yeison Jiménez organizó una ceremonia completamente privada.

No hubo comunicados oficiales, ni horarios de visita pública, ni acceso para la prensa. En el interior solo estuvieron sus familiares más cercanos, algunos amigos íntimos y colaboradores que lo acompañaron durante años.
La familia desmintió de forma categórica los rumores sobre un homenaje masivo en el Movistar Arena. Para ellos, Yeison ya no era una figura pública, sino un hijo, un esposo y un padre que merecía ser despedido en paz.
Esa decisión, sin embargo, dividió la opinión pública. Muchos comprendieron y respetaron la postura de la familia. Otros sintieron una profunda frustración por no poder despedirse del artista que había marcado sus vidas.
Desde muy temprano, decenas de fanáticos se reunieron en los alrededores del cementerio. Llevaban flores blancas, velas, fotografías y pequeños parlantes desde donde sonaban sus canciones más emblemáticas.
Cuando confirmaron que no podrían ingresar, varios rompieron en llanto. Algunos permanecieron de pie durante horas en silencio.
Otros se arrodillaron a rezar. Hubo quienes simplemente dejaron sus flores en la entrada y se retiraron sin decir una palabra.
Mientras el funeral se desarrollaba a puertas cerradas, el país seguía reviviendo una y otra vez los detalles del accidente aéreo que terminó con la vida de Yeison Jiménez y de otras cinco personas.
La tarde del sábado 10 de enero, el cantante abordó una avioneta Piper, matrícula N325FA, en el aeropuerto de Paipa, Boyacá. Todo parecía una rutina más dentro de su intensa agenda.
Las cámaras de seguridad lo mostraron sonriendo, firmando autógrafos y tomándose fotos con sus seguidores. Nadie imaginaba que esos serían los últimos registros de su vida.

Minutos después del despegue, la aeronave no logró alcanzar una altura estable. Testigos aseguraron que el avión se movía de forma irregular, como si intentara regresar desesperadamente a la pista.
La caída ocurrió en la zona de Romita, entre Paipa y Duitama. El impacto fue tan fuerte que los habitantes cercanos quedaron paralizados por el ruido y la escena posterior. Los equipos de rescate llegaron rápidamente, pero ya no había nada que hacer.
Un video que circuló en redes sociales aumentó la indignación pública al mostrar al piloto aparentemente usando su teléfono móvil cuando la aeronave comenzaba a desplazarse.
Aunque las autoridades aún analizan la autenticidad de esas imágenes, el material reforzó las dudas sobre posibles fallas humanas en el vuelo.

La muerte de Yeison Jiménez, a los 34 años, golpeó con fuerza a toda Colombia. Se fue en el punto más alto de su carrera, con millones de reproducciones en plataformas digitales, conciertos agotados y proyectos que nunca podrán concretarse.
Para muchos, no fue solo la pérdida de un artista, sino el corte abrupto de una historia que aún tenía mucho por contar.
Las muestras de homenaje no tardaron en llegar. Karol G lo describió como un artista auténtico y cercano. J Balvin lo recordó como un ejemplo de disciplina y perseverancia.
Sebastián Yatra escribió que su música había acompañado a millones en los momentos más difíciles. Natalia Jiménez y Carlos Vives coincidieron en que su legado permanecerá intacto.

En varias ciudades del país, murales con su rostro aparecieron en cuestión de horas. Velas encendidas, globos blancos elevándose al cielo y grupos de personas cantando sus canciones se convirtieron en escenas repetidas. No era un acto organizado, era una despedida espontánea nacida del dolor colectivo.
En Marinilla, donde Yeison Jiménez debía presentarse, miles de personas ya estaban reunidas. Cuando se confirmó oficialmente la noticia, el ambiente cambió por completo.
El entusiasmo se transformó en silencio. Algunos lloraron sin consuelo. Otros se abrazaron sin palabras. Todos compartían la misma sensación de incredulidad.
En medio de todo, la figura de Yeison Jiménez comenzó a ser recordada no solo como la de un cantante exitoso, sino como la de un hombre que nunca se alejó de su público, que conservó su sencillez y que convirtió sus propias heridas en canciones que conectaron con millones.

El funeral privado adquirió entonces un nuevo significado. No fue un acto de distancia, sino una forma de proteger su memoria desde el amor más íntimo.
Fue también un recordatorio de que detrás de la fama existe una familia que sufre, que llora y que necesita silencio para sanar.
El video que documentó la despedida concluye con una frase que aún resuena en quienes lo amaron: la voz puede apagarse, pero la historia no.
Y la historia de Yeison Jiménez sigue viva en cada melodía, en cada recuerdo y en cada pregunta que aún rodea el vuelo que cambió todo.

En paralelo, las familias de las otras cinco víctimas del accidente enfrentan su propio duelo, lejos de cámaras y homenajes. En sus hogares solo quedan ausencias, sillas vacías y silencios difíciles de soportar.
El funeral de Yeison Jiménez terminó en silencio, pero su eco continúa en el corazón de Colombia. Y tal vez, ese silencio sea el adiós más honesto, más doloroso y más eterno para una voz que logró conmover a todo un país.