Yeison Jiménez murió entre llamas y gritos que hoy mantienen despierta a toda Colombia

No fue solo el fuego lo que estremeció al país, sino los gritos finales que, según testigos, salieron del interior de la avioneta.

Sonidos que no parecían simples pedidos de ayuda, sino la expresión desesperada de alguien que comprendía que ya no había salida.

Desde ese instante, la muerte de Yeison Jiménez dejó de ser un accidente aéreo para convertirse en una herida abierta en la memoria colectiva de Colombia.

El hecho ocurrió alrededor de las cuatro de la tarde, cuando la aeronave acababa de despegar de Paipa con destino a Medellín.

Los primeros reportes indicaban que el clima no era extremo, pero apenas segundos después del despegue, el avión comenzó a perder estabilidad.

Un campesino que trabajaba cerca de la zona del impacto aseguró haber visto un destello azul en el motor derecho, seguido por una columna espesa de humo negro. El sonido regular del motor se transformó en golpes metálicos, como si las piezas internas se desintegraran.

La aeronave intentó girar para regresar a la pista, pero a una altura aproximada de quinientos pies, la maniobra se volvió imposible.

El avión descendió sin control hacia una ladera boscosa, chocó contra varios árboles y, segundos después, el tanque de combustible explotó. Una enorme bola de fuego envolvió el fuselaje, visible desde varios puntos de la zona.

Los vecinos que corrieron al lugar se detuvieron a pocos metros, vencidos por el calor. Desde esa distancia, afirmaron haber escuchado gritos provenientes del interior.

No eran alaridos breves, sino sonidos largos, entrecortados, cargados de dolor. Uno de los testigos confesó que jamás se había sentido tan impotente. Dijo que sabía que alguien estaba allí, sufriendo, y que no había nada que pudiera hacer.

El olor a combustible quemado se mezclaba con el humo y con un aroma orgánico imposible de describir. Pasaron algunos minutos y los gritos se apagaron.

Solo quedó el sonido del fuego consumiendo los restos de la avioneta y un silencio que heló a quienes estaban presentes.

Cuando los equipos de rescate lograron acercarse, ya no había posibilidad de salvar a nadie. El informe preliminar señaló una falla grave en el motor derecho como causa principal del siniestro.

La pérdida de potencia provocó que la aeronave entrara en una caída sin control, sin margen para una corrección efectiva.

Sin embargo, el impacto emocional del caso no se explica solo por los datos técnicos. La atención pública se desplazó rápidamente hacia los detalles personales que rodearon los últimos días de Yeison Jiménez.

Personas cercanas al cantante revelaron que, semanas antes, él hablaba de sueños extraños. Mencionaba sonidos metálicos, fuego, y una sensación de quemazón en las manos. En aquel momento, muchos lo atribuyeron al cansancio y al estrés.

Dos días antes del vuelo, Yeison sufrió un episodio de ansiedad. Le costaba respirar y, según su equipo, comentó en voz baja que sentía que su tiempo se estaba acabando. Nadie quiso darle demasiada importancia. Yeison siempre había sido fuerte frente a la presión.

La mañana del diez de enero, un amigo íntimo lo llamó para pedirle que no volara. Le habló del clima y de una mala intuición. Yeison escuchó en silencio, pero respondió que no podía cancelar el viaje. Dijo que no quería decepcionar a su público.

Antes de subir al avión, publicó una historia en Instagram. Una imagen del horizonte y una canción sobre la despedida. Sin palabras. Sin explicación. Después, hizo una videollamada a su familia. Sonrió, prometió que regresaría pronto y pidió que lo esperaran.

Fue la última vez que lo vieron con vida.

Su esposa, Sonia Restrepo, no se enteró por un comunicado oficial. La alarma llegó con el silencio. El teléfono de Yeison no respondía. Los mensajes quedaban sin leer. El tiempo avanzaba sin noticias, hasta que la realidad se impuso de la forma más cruel.

Para Sonia, aquel momento significó la caída de todo su mundo. No solo perdió a su esposo, sino que tuvo que enfrentar las preguntas de sus dos hijas, Camila e Italiana. Cómo explicarles que el padre que prometió volver ya no lo haría jamás.

La muerte de Yeison Jiménez provocó una ola de conmoción. En pocas horas, miles de mensajes de despedida inundaron las redes sociales.

Sus canciones volvieron a escucharse con un tono distinto, más doloroso. Sus presentaciones pasadas se compartían como si el público intentara aferrarse a una presencia que ya no estaba.

Al mismo tiempo, comenzaron las preguntas. Cómo un avión supuestamente en condiciones técnicas aceptables pudo fallar de manera tan catastrófica.

Por qué no se registró una señal de emergencia clara desde la cabina. Y por qué las advertencias y presentimientos de Yeison parecían encajar de forma tan inquietante con el desenlace.

Especialistas en aviación insistieron en que aún es temprano para emitir conclusiones definitivas. Recordaron que la mayoría de los accidentes aéreos son el resultado de una cadena de factores, no de una sola causa. Pero para el público, ninguna explicación técnica logra aliviar el vacío.

Yeison Jiménez no era solo un cantante. Para muchos, representaba la historia de alguien que salió de la dificultad para conquistar escenarios.

Decía que quería cantar para quienes nunca eran escuchados. Por eso, su muerte no solo duele como la pérdida de un artista, sino como la partida de una voz que aún tenía mucho por contar.

Hoy, cuando el lugar del impacto ya fue limpiado y las llamas se extinguieron, las preguntas siguen vivas. Los gritos finales, recordados por los testigos, continúan persiguiendo la imaginación de un país entero. Nadie sabe qué pensó Yeison en sus últimos segundos. Nadie puede reconstruir con certeza su último miedo.

Pero hay algo indiscutible. Se fue en medio de la desesperación, sin que nadie pudiera ayudarlo. Y quizás lo más doloroso no es la forma en que murió, sino la promesa que quedó suspendida en el aire.

La promesa de regresar. La promesa hecha a su familia. La promesa hecha a quienes lo esperaban sobre un escenario.

Yeison Jiménez no volvió. Pero la historia de ese vuelo, de esas llamas y de esos gritos, seguirá acompañando a Colombia durante mucho tiempo, como un recordatorio de que incluso las vidas más luminosas pueden apagarse en un instante, dejando solo preguntas y una tristeza que no encuentra respuesta.

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