Tres días después de la partida de Yeison Jiménez, el dolor no ha disminuido. Solo se ha vuelto más silencioso, más profundo, como una herida que sigue abierta bajo la piel.
El público pensó que la tragedia había quedado atrás junto con las flores, las canciones homenaje y los mensajes en redes sociales.
Pero entonces, sin previo aviso, su madre, Luz Mery, decidió hablar. Y con sus palabras, el país entero volvió a mirar esta muerte con otros ojos.
No habló con rabia. No habló con reproche. Habló con la serenidad de quien ya ha llorado todo lo que podía llorar.

Y precisamente esa calma fue lo que más estremeció. Porque en cada frase se percibía un dolor que ya no buscaba consuelo, solo verdad.
Luz Mery contó que, durante meses, vivió con una sensación constante de inquietud. No eran sueños claros, ni imágenes precisas. Era un peso en el pecho, una intuición que no sabía explicar.
Decía sentir que una sombra invisible rodeaba la vida de su hijo, aun cuando Yeison seguía sonriendo, planeando proyectos y subiendo a los escenarios con la energía que lo caracterizaba.
Para ella, esa sensación nunca fue una simple casualidad. Y con el tiempo, descubrió que tampoco era solo suya. Yeison mismo le confesó en más de una ocasión que soñaba repetidamente con aviones cayendo.
Soñaba con su propio nombre apareciendo en las noticias. Cada vez que lo contaba, intentaba hacerlo con humor, como si así pudiera restarle importancia. Pero en el fondo, ambos sabían que esos sueños no eran del todo inocentes.
La mañana del accidente, madre e hijo hablaron por teléfono. Fue una conversación breve, cotidiana, sin dramatismo. Ella le pidió que se cuidara.
Yeison le respondió que confiara en Dios y que todo estaría bien. Esa promesa, dicha con naturalidad, se convirtió en su última promesa.
Cuando llegó la noticia, Luz Mery no gritó. No lloró de inmediato. Dijo que sintió como si alguien hubiera apagado la luz del mundo con un solo gesto.

Todo quedó en silencio. El tiempo se detuvo. No supo si estaba de pie o sentada. Solo supo que su vida acababa de dividirse en dos partes: antes y después.
Para Colombia, Yeison Jiménez no era solo un cantante. Era la voz de quienes crecieron sin privilegios. Era la prueba de que el origen no define el destino.
Nacido en un entorno humilde, Yeison no llegó a la música por caminos fáciles. Llegó a través de escenarios pequeños, de públicos reducidos, de rechazos constantes y de noches en las que dudó de sí mismo.
Condujo cientos de kilómetros para presentarse en lugares donde casi nadie lo esperaba. Durmió en su automóvil. Comió apurado en estacionamientos.

Cantó frente a salas medio vacías sin perder la fe. Cada concierto, por pequeño que fuera, lo trató como si fuera el más importante de su carrera.
Hasta que un día, se encontró de pie en el estadio El Campín, frente a miles de personas que cantaban sus canciones de principio a fin.
Ese momento no fue solo un triunfo personal. Fue la confirmación de que su historia también pertenecía a muchos otros.
Aun en la cima, Yeison nunca se sintió por encima de nadie. Decía que solo había tenido la suerte de contar historias que otros también vivían.
Detrás del artista, seguía existiendo el hijo que llamaba a su madre antes de cada vuelo, no para informar, sino para escuchar su voz. Para él, esa voz era más valiosa que cualquier amuleto.

Su música no se apoyaba en fórmulas complicadas ni en palabras sofisticadas. Se apoyaba en la verdad. Cantaba sobre errores, sobre amores rotos, sobre miedos, sobre sueños que casi se pierden.
Cantaba sobre lo que muchos callaban. Por eso su público no solo lo escuchaba. Se reconocía en él.
Sonia Restrepo, su compañera de vida, afirma que Yeison nunca vio al público como espectadores. Los veía como compañeros de camino. Creía que la verdadera conexión no nace de la fama, sino de la honestidad.
Hoy, esas canciones suenan distintas. Las mismas letras que antes consolaban, ahora duelen. Cada verso parece una despedida. Cada melodía, un recuerdo.
Sus seguidores no escuchan su música solo para recordarlo, sino para volver a sentir que alguien, alguna vez, los comprendió.

El legado de Yeison Jiménez no se mide únicamente en premios, cifras o escenarios llenos. Su legado es emocional. Es la esperanza que dejó en miles de jóvenes que también vienen de abajo.
Es la certeza de que la autenticidad todavía tiene espacio en un mundo que exige perfección. Es la idea de que la música puede sanar, no solo entretener.
Para su madre, sin embargo, todos esos títulos carecen de sentido. Yeison no era una estrella. Era su hijo. El niño que la abrazaba cuando tenía miedo. El hombre que la llamaba cuando se sentía cansado. El hijo que prometió volver.
Tres días después de su muerte, Colombia sigue de luto. Siguen las preguntas. Siguen las teorías. Siguen las lágrimas.
Pero hay una verdad que ya nadie discute: Yeison Jiménez no se fue en silencio. Se fue dejando una huella que todavía duele, pero que también acompaña.
La vida de Yeison Jiménez fue como un cometa. No permaneció el tiempo suficiente para que el mundo se acostumbrara a su luz.
Pero cuando pasó, iluminó con tal intensidad que su rastro seguirá visible por mucho tiempo en el cielo de la música y en la memoria de quienes lo amaron.